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El Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires

Convertido hoy en el Museo de la Inmigración, el antiguo Hotel de Inmigrantes se levanta aún a la orilla del Río de la Plata, mirando desde una cara a las aguas por las que navegaron centenares de miles de personas en busca de un futuro mejor y, desde la otra, a los imponentes rascacielos del moderno Buenos Aires

Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires

Durante alrededor de la primera mitad del siglo XX por aquí pasaban todos los inmigrantes que llegaban a Buenos Aires. Parece casi una exageración al mirar las paredes de blancas perfectamente desinfectadas, pese a los cajones llenos de pasaportes y antiguos documentos migratorios o los viejos camastros y maletas que atestiguan que en algún momento este edificio sirvió como centro articulador de la construcción de la sociedad argentina.

Se trata de un edificio simple, poco llamativo arquitectónicamente: cuatro pisos, hormigón armado y grandes ventanales hacia el jardín. Abajo estaba el comedor, la cocina… arriba los dormitorios, cuatro por piso, con capacidad para 250 personas cada uno, 3.000 en total. Cuando los inmigrantes bajaban de los barcos, el Hotel se convertía en el primer “check point” migratorio, donde además podían alojarse hasta 5 noches a cuenta del Estado argentino, que promovía la llegada de extranjeros. Ese periodo, además, acababa extendiéndose en caso necesario ya sea por enfermedad o por la imposibilidad de encontrar trabajo.

Dormitorios

Hoy, los dormitorios albergan exposiciones sobre el fenómeno de la inmigración que nos cuentan cuándo llegaron, cómo llegaron y qué fue de las vidas de los miles de españoles, italianos, polacos, alemanes, etc., que hoy componen el mosaico de la sociedad argentina.

Nunca estuvo lleno del todo porque cuando se inauguró, a los pocos años estalló la Primera Guerra y cayó la cantidad de gente –explica Marcelo Huernos, responsable de Investigación y Producción de contenidos del museo, de pie en medio de uno de esos antiguos dormitorios– Después se recuperó pero con la crisis de 1930 cayó otra vez en picado: no se permitía la entrada, aumentaron las condiciones para entrar al país… Aunque Argentina siempre tuvo la ley y la práctica supuestamente de puertas abiertas”.

En los años 30 había que mostrar un contrato de trabajo, pero eso era fácil de ‘truchar’ (falsificar), cualquiera que tenía un conocido o un familiar le podía hacer uno. La mayoría de los refugiados, tanto los judíos, como los republicanos españoles como los antifascistas españoles venían así, ayudados por amigos, parientes, que les hacían un contrato para que pudieran entrar…”, prosigue Huernos.

Exposición

Los inmigrantes se despertaban temprano, desayunaban café o mate con pan y mientras los hombres salían a buscar trabajo, las mujeres trabajaban en la lavandería y cuidaban de los niños. También se les servía un almuerzo en el comedor (arroz, guisos, sopa o pastas) y una cena al anochecer, cuando volvían a quedar abiertos los dormitorios.

Funcionó entre 1911 y 1953 y no se sabe a ciencia cierta cuántos españoles cruzaron por sus pasillos. Lo que sí se sabe es que el Museo alberga documentos de la llegada de Federico García Lorca o de la actriz exiliada Margarita Xirgu, junto a otros que prueban, por ejemplo, el paso de Albert Einstein por Argentina. También fotos, una gaita gallega, medallas y otros objetos personales, ya envejecidos, homenajean a la diáspora española, que cuenta con un rincón especial en el Museo, en la muestra itinerante sobre inmigración de España e Italia, los dos países que aportaron mayores contingentes a la sociedad argentina.

Si bien la llegada de españoles es desde la colonia, el movimiento masivo de inmigrantes empezó en el último tercio del siglo XIX. En el caso de los españoles particularmente a partir de la década de 1890”, cuenta Huernos, antes de detallar que el principal objetivo del viaje era, normalmente, “hacerse un capital para volver a su lugar de origen y hacer una inversión, comprar una tierra”. También era muy común que, en las zonas de minifundios, a la vez que la economía se mundializaba y la agricultura dejaba de ser tan rentable, un miembro de la familia contribuyese con su trabajo en el extranjero a sostener la economía de la casa a través del envío de remesas.

Fotos de inmigrantes en la exposición

En un país tan vasto como Argentina, que necesitó de una amplia labor de colonización, la mayoría de los españoles llegaron ya cuando la tierra estaba ocupada y se dedicaron mayoritariamente, al comercio en zonas urbanas. De ese modo, hacia 1910, el 20 % de los comercios de la ciudad de Buenos Aires estaban ya en manos de los españoles: cafés, restaurantes, hoteles…

Los estudios más recientes han mostrado que en el caso de los españoles, a diferencia de los italianos por ejemplo, los varones que venían, no las mujeres, superaban la media de alfabetización en España. Entre los inmigrantes españoles el 70 % estaba alfabetizado mientras que la media en España era el 50 %”, resalta Huernos, quien también apunta que quizás esto era precisamente una estrategia: enviar a la gente más formada para tratar de asegurarse el éxito ya que en la mayoría de las ocasiones el viaje era una decisión más familiar que individual.

Para todos ellos, el Hotel de Inmigrantes era la primera parada después de un incómodo viaje. A veces se trataba de un mero trámite y otras se convertía en un primer hogar, lleno de gente en la misma situación: la puerta de entrada a un mundo nuevo que ofrecía oportunidades, muy lejos de casa.

Nerea González Pascual

Para más información: Museo de la Inmigración
Ver vídeo Hotel de Inmigrantes Buenos Aires


 

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