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Isaac Albéniz, un héroe pianístico herrante y bohemio

Comparado en vida con Liszt, Chopin o Debussy, Isaac Manuel Francisco Albéniz no fue sólo un "acuarelista" de piezas musicales pintorescas, sino que se erigió en el compositor español que con mayor maestría supo extraer la quintaesencia de las danzas y cantos populares españoles.

Nacido en Campodrón, municipio de Gerona, la precocidad de su vocación musical fue asombrosa, puesto que con apenas un año, ya se quedaba embelesado viendo tocar el piano a su hermana Clementina. De tal suerte que ésta enseguida decidió enseñarle el universo de las teclas. Los progresos fueron tan rápidos que a los cuatro años Isaac daba un concierto en el teatro Romea de Barcelona sorprendiendo a los oyentes que creyeron que los estaban engañando con algún pianista escondido entre bastidores.

Vista la sobredotación de su hijo, su padre convino en imponerle una severa disciplina con la única finalidad de desarrollar un virtuosismo que sabía podía rentabilizar a poco que lo mostrara por los diferentes pueblos y ciudades de España. Con seis años, y tras haber estudiado con Narciso Oliveras, eminente profesor barcelonés, el niño Isaac llega a París con su madre y su hermana Clementina. No sabemos por quién recomendado, lo presentan ante Marmontel, el pedagogo musical más laureado de todo París, quien había formado a Bizet y al poco tiempo haría lo propio con Debussy. Sin embargo el día de su primera lección el travieso Isaac osó jugar con una pelota que llevaba en el bolsillo y rompió un cristal de la sala en que el maestro lo evaluaba, lo que le valió no sólo una seria reprimenda sino la vuelta a la querida España.

Viajes “a lo Mozart”

El camino del virtuosismo no consiguiría truncarlo ni aquel severo Marmontel ni ninguna otra contingencia. Si Wolfgang Amadeus Mozart- azuzado por su padre Leopoldo- ya componía sonatas a los ocho años, nuestro pequeño Isaac interpretaba maravillosamente cualquier partitura que se le pusiera delante como por ´inspiración milagrosa` a la tierna edad de siete años. Capitalizando esa similitud con el niño prodigio salzburgués, Don Ángel Albéniz –que así se llamaba su padre- mandó a Clementina a diseñarle un traje de paje de inspiración victoriana, enseñó al pequeño a efectuar diferentes salutaciones, entre ellas el saludo masónico y a hacer las obligadas reverencias tras cada actuación. Así comienza la etapa de los viajes “a lo Mozart”. Si el pequeño austríaco tenía un gran apoyo en su hermana Nannerl, Isaac lo encontraría en sus hermanas Clementina, Enriqueta y Blanca; pero esta armonía dura poco ya que un duelo prematuro cae como un mazazo en la estructura familiar: Enriqueta muere de tifus en Barcelona. Tras éste acontecimiento aciago que coincide con la revolución de 1968 –La Gloriosa que supone el destronamiento de Isabel II- su padre decide trasladarse a Madrid donde contará con la protección del general Prim.

(Si algo supo comprender bien Don Ángel es que los niños prodigio conllevan una fecha de caducidad y, al igual que con los castrati de las cortes italianas, se hacía necesario dar un paso más en su enseñanza musical, pues el virtuosismo per se, no podía convertirse en el único cimiento de su carrera. Para ello convence a Mendizábal y Ajero -dos de los más reputados pianistas de Madrid- para que continúen con la formación musical de Isaac)

Teatro Romea donde debuta con cuatro años.

Teatro Romea donde debuta con cuatro años.

Habiendo entrado al conservatorio y contando ya con diez años -no sabemos si imbuido del espíritu de las novelas de aventura de Julio Verne- nuestro joven pianista decide echarse a andar un buen día por los andenes de la vía férrea madrileña y, sin pensárselo dos veces, se sube al primer tren que estaba a punto de arrancar, de tal suerte que el azar quiso llevarlo a El Escorial, donde por medio de su alcalde daría su primer concierto espontáneo en el casino de la localidad. Con las ganancias de ese primer recital un Isaac con viento en las suelas decide entonces enfilar hacia Ávila, Peñaranda de Bracamonte y Salamanca donde enlazaría un éxito tras otro, sin más compañía que una carpeta de recomendaciones y vestido con un único traje de terciopelo. Quiso el destino que cuando ya había ahorrado unas pesetillas para volver a Madrid, la diligencia que lo conducía de Salamanca a Toro fuera asaltada por unos salteadores que no le dejaron más que sus tarjetas de recomendación. Entonces para no volver a la casa paterna sin blanca continuó su tournée por Valladolid, Palencia, León, Logroño, Zaragoza y Barcelona donde festejaron su llegada pues nadie le había olvidado. Fue en Burgos, donde Don Angel, advertido por la prensa, consiguió interceptarle por medio de un amigo y le hizo regresar a Madrid.

(Pero el ansia de conocer, recorrer y propalar su música no le abandona en ningún momento. A los doce años y durante la primavera y el verano de 1872 emprende una nueva fuga, esta vez a Andalucía. Éste viaje ha de entenderse como una protogénesis de su impronta musical, en el futuro marcada por el genio morisco. En esta ocasión recorre Málaga, Úbeda, Loja y Granada, desplegando su increíble pianística en sendas piezas románticas de Chopin, Schumann o Lizst e improvisando a la manera de autores como Doménico Scarlatti o W.A. Mozart.)

Allende los mares

Llegado a Cádiz, las brisas de la marina de La Tacita de Plata, parecen provocar en Isaac la ensoñación del viaje con lo que, de nuevo en impulsivo arranque, embarca clandestinamente en el vapor España y a las pocas horas ya se encuentra en alta mar rumbo a lo desconocido. El buque viajaba a Buenos Aires y de nuevo la suerte no lo abandona ya que a bordo había un piano, con lo que puede costearse parte del viaje sin tener que sufrir el destino de un vulgar polizón.

El río de la Plata no lo recibe quizás como se hubiera esperado pues la vida musical de Buenos Aires apenas balbuceaba y los piano-bares o clubes donde se prodigara la música clásica brillaban por su ausencia. Puestos a conjeturar, visualizamos al niño Isaac enfrentado a un panorama musical extraño para él donde las formas musicales folclóricas del gaucho y el indígena se entremezclan con las rítmicas arribadas con los emigrantes que comenzaban a llegar, de Italia, España o Centroeuropa. Sin embargo querrá la suerte que un compatriota lo descubriera y lo ayudara a organizar conciertos en Uruguay y Brasil.

Joven Isaac Álbéniz

Joven Isaac Álbéniz

A finales de 1873 regresa a España, repatriado por mediación del Consulado de España en Buenos Aires. Por aquel entonces la situación de Don Ángel Albéniz había mejorado con la proclamación de la I República, a través de la cual consigue promocionarse y alzarse hasta el puesto de inspector general de Aduanas en la Habana. Ocasión perfecta para que el joven Isaac se embarcara rumbo a las Antillas y emprendiera una serie de conciertos en Puerto Rico y en los principales centros de Cuba. Pero como con Isaac no hay que dejar nada por sentado de nuevo lo imprevisible ocurre: un policía lo detiene en Santiago de Cuba y lo devuelve a la Habana

En este punto Isaac se ha convertido en un púber de cara almendrada, de buena planta y completamente seguro de sí mismo, tanto que inmediatamente desde Cuba emprende rumbo a Estados Unidos, una incipiente democracia que parece hecha a la medida de sus ambiciones. Pero Nueva York iba a resultar tan indómito como Buenos Aires en términos concertísticos. Un imberbe de 15 años con un serio repertorio clásico no tenía mayores posibilidades así que decide montar un espectáculo circense al piano. Colocado de espaldas al teclado y con los dedos vueltos tocaba piezas a velocidad increíble y de gran dificultad. Así, nuestro adolescente conseguiría eludir duros trabajos como estibador del puerto o portaequipajes.

En busca de Lizst

A pesar de la decepción que le produjo su estancia en EEUU a través de su aventura americana consiguió reunir el suficiente dinero como para costearse estudios con algunos de los más prestigiosos profesores europeos. Y este propósito se cumplió cuando, tras una corta estancia en Inglaterra se entrega a la sabiduría de Salomon Jadassohn y de Reinecke en Leipzig profundizando en sus conocimientos de instrumentación, composición y piano. El primero era discípulo de Liszt y el segundo se situaba resueltamente dentro del espíritu romántico entre Mendelssohn y Wagner. Esta mina de preciosos elementos pedagógicos le sirvieron para consolidar su virtuosismo trascendente y para pulir las herramientas con que traducir su singular pensamiento musical.

En 1875 el precoz compositor se encuentra en Madrid, donde hallará la protección del Conde Morphy quien no tarda en presentarlo al rey Alfonso XII, el cual le otorga una beca para ampliar estudios con Gevaert en Bruselas. Por estas fechas, Isaac comienza a introducirse en un género aparentemente menor como la Zarzuela, pero su genuino empecinamiento se llamaba Weimar. Situada en Turingia, estado de Alemania, era el lugar de residencia del genio Franz Lizst (1811-1886). Albéniz conocía la predilección del abate Lizst por los jóvenes y prometedores pianistas y su afán por aconsejar y prohijar a compositores debutantes. Por aquel entonces Lizst tenía su vida trifurcada entre Weimar, Roma y Budapest, por lo que Isaac, previendo que su admirado genio estaría en Hungría, viaja el 12 de agosto de 1880 vía Praga y Viena.

Caricatura de Lizst.

Caricatura de Lizst.

Lizst and the lady violonist.

Lizst and the lady violonist.

El encuentro lo resume así nuestro joven genio en su cuaderno de recuerdos: “Me ha acogido del modo más amable, he tocado dos de mis estudios y una rapsodia húngara; parece que le ha gustado mucho, sobre todo cuando improvisé una danza sobre un tema húngaro que él me proporcionó”.En las dos o tres semanas que pasó con el compositor húngaro, el neófito debió extraer toda la savia del viejo pianista y maestro, materia que Albéniz manejaría con ferviente atención y recordaría con especial gratitud durante toda su vida.

(Retornado a España –hacia finales de 1880- su red de público y protecciones no había dejado de extenderse, por lo que pronto pasará a ser pianista de la corte de Madrid y acumulará distinciones varias como Caballero de la Orden de Carlos III o Comendador de la Orden de Isabel la Católica. Pero regresa a su tierra y se reestablece en Barcelona a propósito de unos conciertos en el Ateneo. Será un momento clave ya que conocerá a uno de los principales cultores y protectores del genio: Felipe Pedrell. Este compositor, denodado luchador por la creación de una escuela española, hizo de mentor de Albéniz, Enrique Granados (1867-1916) y Manuel de Falla (1876-1946). Al tiempo que continuaba su formación y relación con Pedrell, nuestro hombre se casó con Rosina Jordana, matrimonio del que nacerían Alfonso, Enriqueta y Laura.)

albenizturinadecca

Nunca mermada su inquietud, Albéniz siguió rumbeando por las tierras de Europa, de modo que en 1890 marcharía a Londres donde conocería al banquero Money-Coutss para quien compondría y tres años más tarde se establecería en París, marcando la senda del exilio definitivo, donde una plétora de nuevos compositores y pianistas como Paul Dukas, Gabriel Fauré, Claude Debussy, Chausson, Dupark y Vincent d´Indy iban a imprimir unas de las más bellas páginas de la historia de la música: el impresionismo. A rebufo de esta ola compositiva renovadora, se puede decir que Albéniz compone una serie de obras importantes para piano, entre ellas Zambra Granadina y Mallorca y por fin su obra magna: Iberia. Según el compositor Oliver Messiaen “la obra maestra de la música española de todos lo tiempos”. El colorido, la sintaxis armónica, la audacia y la suntuosidad son características intrínsecas de esta increíble obra a mayor exaltación del piano ibérico.

En otoño de 1908, arrastrando una lesión de corazón, exacerbado su sobrepeso y con un nivel alto de albúmina en sangre, a Isaac le cuesta cada vez más desplazarse y sobrevive en París del calor de sus amigos, Dukas, Gabriel Fauré, d´Indy o Charles Bordes, quienes lo atraen de la negrura, lo instan a componer e interpretan para él. Pero en marzo de 1909 su salud sufre un quiebro mayor y rápidamente busca reposo en Niza. Pronto se trasladará a Cambo-Les-Bains, balneario del País Vasco francés. El rocío del amanecer del 18 de mayo abre súbitamente las rosas, pero los ojos de Albéniz ya se habían cerrado sobre las cosas de este mundo y sus manos de pianista inmortal.

Ezequiel Paz

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