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Los túneles de La Raya

En 1985 circuló el último tren de Salamanca a Barca de Alva y hoy los 17 túneles del tramo final del recorrido constituyen un lugar único para el senderismo entre traviesas, puentes y raíles.

En palluenzu, o asturleonés, se llaman arribanzos, arribas o arribes (derivadas a su vez del latín «ad ripam»), a las orillas o riberas de los ríos de la zona enclavada entre las provincias españolas de Salamanca (comarcas de La Ribera y El Abadengo –así llamada por ser sede del Abadón de los Templarios–) y Zamora (comarcas de Aliste y Sayago), en Castilla y León, y los distritos portugueses de Braganza y Guarda (regiones de Trás-os-Montes y Beira Alta). Esta comarca natural se conoce como As Arribas en Portugal, Las Arribes en Salamanca y Los Arribes en Zamora, y sus límites los marcan los cursos fluviales de los ríos Duero y Águeda, que hacen de frontera natural entre España y Portugal en estas tierras, conocidas La Raya Húmeda.

Aunque la erosión milenaria ha generado arribes del Águeda, del Duero, del Esla, del Huebra, del Tormes y arribes del Uces, la que ha merecido la protección oficial es la región conocida como Espacio Natural Arribes del Duero, que tiene su correlato en el Parque Natural del Duero Internacional en Portugal.

Lo peculiar de este territorio, poblado en lo antiguo por vetones y repoblado en el medievo por “gallizianos”, son las cicatrices que el agua del Duero ha marcado en el granito y la pizarra, obligando a sus afluentes tributarios a profundizar sus cauces en saltos, cascadas, cachones, despeñaderos, pozas y calderos. Entre la flora se pueden citar enebros, jaras, hojaranzos, cornicabras, almeces, almendros, olivos, guindos o chumberas y como ejemplares de fauna, tórtolas, perdices y águilas perdiceras, buitres leonados, conejos, alimoches, liebres o aviones roqueros. La mano del hombre ha puesto paredones, albañales y chozos a los lados de las sendas, roderas y coladas que llevan a los prados donde pastan vacas, ovejas y cabras.

El camino de hierro

Aunque el último tren pisó sus raíles el 1 de enero de 1985, la vía férrea de La Fuente de San Esteban a La Fregeneda/Barca de Alva es Bien de Interés Cultural desde 2000 por las numerosas obras de ingeniería que jalonan su recorrido, amén de molinos, pisones y batanes.

La construcción de la línea de ferrocarril que uniría Salamanca con Portugal se inició en 1881 después de décadas de debates, leyes y proyectos, impulsada por Adolfo Galante, entonces diputado a Cartes por Vitigudino y Ricardo Pinto da Costa, cónsul español en Oporto, y se inauguró en 1887. La gigantesca obra supuso para los cientos de trabajadores contratados por la compañía que se creó para esta ocasión una verdadera epopeya, novelada por Luciano G. Egido en Los túneles del paraíso, reportaje sobre la construcción del ferrocarril y narración de un absurdo esfuerzo humano y financiero que, finalmente, no produjo ningún beneficio: “No creo que esta gigantesca obra de ingeniería, tan admirable como hermosa, que ha contado con la técnica del ingeniero Eiffel para los puentes y los adelantos más modernos para los encofrados de los túneles, sirva para acrecentar la felicidad de toda este gente la región, ni siquiera para traerles el progreso que tanto necesitan y que tanto les hemos predicado…..”

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A lo largo de 77,565 kilómetros, entre La Fuente y la frontera portuguesa, se suceden los edificios para viajeros, los muelles de las estaciones, viaductos metálicos sobre ríos o arroyos y túneles bajo montes pelados. El tramo más sugerente es el que va de la abandonada estación de Hinojosa de Duero hasta la frontera portuguesa, a lo largo del escondido valle del río Águeda, con un desnivel de más de 500 metros y nada menos que 20 túneles y diez puentes en apenas 25 kilómetros, entre los que destacan el puente metálico sobre el Arroyo “El Lugar”, el puente sobre el Arroyo de Froya y los túneles bajo el monte de las Almas o el llamado túnel uno, que se abre apenas a unos metros de la aduana y el edificio de viajeros de La Fregeneda, singular muestra de la arquitectura ferroviaria del siglo XIX.

J. Rodher

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