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Toda la vida en una tarjeta

Una sencilla ficha de inscripción de un coruñés en La Nacional —la sociedad benéfica española más antigua de la ciudad— nos revela en apenas 13 x 18 centímetros mucho sobre la historia colectiva de la colonia española —y gallega— en Nueva York.

José Mosquera es el socio número 37, se hizo miembro de La Nacional en noviembre de 1911. Esto indica la presencia de gallegos ya en los momentos fundacionales de la sociedad.

Su dirección original mecanografiada en el carnet —217 Bergen St, Brooklyn— sitúa su residencia original a un kilómetro, más o menos, de los muelles de Brooklyn, en una zona en la que vivían muchos españoles que trabajaban en los barcos del puerto. Su profesión de “engrasador” también sugiere que trabajaba en los barcos del puerto.

La dirección anotada a mano, con fecha de 1952 (Elmont, Long Island), nos revela que, como muchos miembros de la colonia española, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, abandonó lo que había sido un enclave urbano de españoles para ir a vivir en las afueras de la ciudad. La mudanza coincide con un fuerte bajón de la actividad del puerto de Brooklyn en los años posteriores a la guerra.

mosquera

Las anotaciones hechas a mano en 1956 parecen ser apuntes para el texto de una esquela. La Nacional solía publicar una esquela en el periódico La Prensa al fallecer uno de sus miembros; la sociedad también mandaba flores y un coche con una delegación de consocios (ver las anotaciones en la esquina superior de la izquierda de la ficha).

En estos apuntes manuscritos averiguamos además que José era, como muchos de los gallegos en la ciudad, de Sada; que falleció en 1956, y que dejó una viuda y una familia numerosa; que dos de sus hijas se casaron con no-españoles (Gregory y O’Leary). La funeraria que se encargó del entierro —Vanella— se encuentra en el corazón del enclave español más antiguo de la ciudad —en Manhattan, en la sombra del puente de Manhattan— y era, por lo visto, la preferida por los antiguos miembros de la colonia. Finalmente la inscripción nos indica que Mosquera está enterrado en el Panteón de la Sociedad en el cementerio de Flushing.

Así pues, un coruñés de Sada, que figura entre las primeras decenas de miembros de La Nacional; habitante de un enclave español en Brooklyn, trabajador en un sector de la economía con una fuerte presencia española y gallega; participa de la “huida” a los suburbios (barrios de la periferia) que caracteriza la vida estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial. Esta dispersión geográfica de la colonia va de la mano de la dispersión “étnica”, al casarse los hijos de los inmigrantes con gente de diversa procedencia. Al final, una tumba, probablemente sin epitafio.

La ficha encierra, para el lector cuidadoso, el arco narrativo de la historia colectiva de la colonia española y gallega en Nueva York.

James D. Fernández

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Pequeña España

Little Spain, el barrio español de Manhattan, apenas abarcaba unas cuantas manzanas entre las calles 11 y 17, con el tramo de la calle 14 entre la séptima y la novena avenidas como eje central, el desfile de Santiago Apóstol como festividad patronal y La Nacional como centro de reunión social.

En la significativa portada de la guía del Nueva York hispánico de Remeseira y Delbanco, el área coloreada bajo el rótulo “Spain” ocupa un diminuto rincón en el oeste de la isla frente a las grandes manchas de color que ocupan la República Dominicana, Cuba, Colombia, Puerto Rico, México o Ecuador y que se extienden por los cinco distritos de la ciudad.

Tiene razón sin duda el profesor James Daniel Fernández, de la New York University, cuando afirma: “En el contexto de la historia de la inmigración de los Estados Unidos, los españoles se han convertido, por distintos medios, en inmigrantes invisibles” (The discovery of Spain in New York, circa 1930). Tal vez por ser los inmigrantes llegados desde España (o españoles de México y Cuba) sólo una ínfima parte del vasto número de inmigrantes de otras partes de Europa que llegaban a Isla Ellis, o quizá por la debilidad del sentimiento de identificación nacional de los campesinos y obreros procedentes en buena parte de la cornisa cantábrica, lo cierto es que estos hombres y mujeres españoles que emigraron a Estados Unidos acabarían siendo los olvidados de los olvidados (De la Pumarada a la Gran Manzana: Reflexiones sobre un álbum familiar).

El olvido, histórico, social y político de este fenómeno migratorio, tanto en la cultura española como estadounidense, con excepciones anecdóticas como la secular presencia de pastores vascos en los Estados de las praderas, hace que aportaciones como las películas del alicantino Artur Balder, Little Spain, o del asturiano Luis Argeo, Corsino, por Cole Kivlin, o las investigaciones del profesor Fernández, constituyan hitos casi únicos en el conocimiento y divulgación de la inmigración española en los Estados Unidos.

J. Villaranda

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