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Titiribici: Pablo Olías de Sevilla, arquitecto y titiritero, nos presenta su aventura americana

"Titiribici es un proyecto que consiste en acudir al llamado instintivo del hombre por conocer mundo, vivir en armoní;a con la naturaleza, afrontar sus retos y recorrer todos los kilómetros que se puedan con la idea de compartir experiencias, sueños e ilusiones con aquellos con quien nos encontramos en el camino".

Con estas palabras resume su aventura Pablo Olías, sevillano de cuarentipocos que se ha propuesto circunvalar Sudamérica subido a una bicicleta y tirando de un remolque cargado de marionetas que allá donde recala, reparte ilusión, alegría y belleza artística tanto entre niños como adultos. Carta de España charló con él en Tunja, Capital del Departamento de Boyacá, a pocas horas de la capital colombiana, Bogotá.

¿Qué hace un sevillano tan lejos de su tierra?

Estoy viajando por Sudamérica con mi bicicleta y, en este momento por estas tierras de Colombia en particular. Estoy en este continente sobre todo por el idioma; hace muchos años que recorro el mundo, pero siempre he ido reservando Sudamérica para recorrerla toda de una sola vez.

¿Cuánto tiempo llevas viajando, en tu vida en general y en este viaje en concreto?

Con la bicicleta comencé hace unos veinte años, desde entonces todos los veranos empleo un par de meses en recorrer algunos lugares del globo, sin embargo ésta es la primera vez que voy a viajar seguido durante dos años.

¿Cuál es el objetivo de tu viaje y como afrontas las dificultades que te van surgiendo cómo llevas el tema de la supervivencia y la seguridad?

Las dificultades del viaje no son tantas, toda la gente cuando te ve desde fuera cree que estás haciendo una gran hazaña pero es simplemente un día a día, igual que lo es el de una persona que tiene que ir a trabajar. Se trata de levantarte, pedalear, buscar dónde hacer el espectáculo, cocinar y disfrutar. Para nada es tan complicado. Sí que precisa de un esfuerzo físico que a mí particularmente me gusta y precisa asumir una serie de incomodidades, que no me afectan. Las comodidades que persigue la sociedad occidental de hoy en día, a mí no me atraen en absoluto. Cuando las tienes no te aportan nada. A mí las incomodidades no me suponen infelicidad, todo lo contrario, hacen que seas consciente del valor de las cosas. Por ejemplo en el hotel que estamos ahora con unas buenas instalaciones, después de días duchándome con barreños, pudimos disfrutar de una ducha de agua caliente y sabe a gloria; es algo que no valoramos suficientemente en nuestros países. Dificultades de seguridad ninguna, por el momento, porque yo confío bastante más en la gente de lo que es común y creo que hay menos peligro del que se cree y lo compruebo, porque a mí nunca en los veinte años que llevo viajando me han robado. Y en los 8 meses que llevo en este viaje ni me han robado ni he tenido ningún susto.

¿Dónde comenzó tu periplo?

Comencé en Salvador de Bahía. Luego de Belem de Pará, ascendí el río Amazonas hasta la confluencia el río Negro, seguí por río Branco hasta llegar a Boa Vista. Un poco más al norte crucé por La Línea al estado Bolívar hasta llegar a Santa Elena de Uairén. Después recorrí Venezuela en bici y canoas por la Gran Sabana, Los Llanos, los Andes Venezolanos. En ese punto conocí a Adriana —la chica que viaja conmigo— y desde entonces viajamos juntos por Colombia. Antes de que se subiera a Titiribici, se me unió durante un mes un chico que me acompañó por buena parte de la geografía venezolana. Y hubo un momento en que coincidimos los tres viajando y fue muy mágico.

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¿Eres titiritero de profesión?

Soy arquitecto de formación, lo fui de profesión, 3 años con mi propia empresa, pero he ido tendiendo a la profesión de titiritero que es la que más feliz me hace, porque no me terminaba de llenar la profesión de arquitecto, sí la arquitectura en sí, pero no tanto la profesión. El cambio lo veo como una experiencia que te enseña como tantas otras cosas. No lo veo como una filosofía de vida, no quiero vivir así siempre, para mí es una experiencia de un par de años, que me está enseñando mucho y que evidentemente me está llenando puesto que me enseña a aprender y compartir.

¿Cómo engarza el títere en toda esta aventura?

Yo comparto lo que tengo, lo quieras llamar arte o entretenimiento, y la gente comparte conmigo lo que tiene. El ejemplo de este pueblo de Boyacá es perfecto: hemos llegado aquí, a alguien le gustó lo que estábamos haciendo y nos han ofrecido una habitación de hotel. Todo el viaje se está dando así, a base de trueques. En todos lados se trata de un intercambio en el que todos ganamos, la gente me está dando tanto como yo estoy dando. Quizás se puede decir que yo enciendo la mecha con el espectáculo inicial pero luego enseguida comparten conmigo.

¿Qué perspectivas tienes de Colombia y qué imagen tenías de este país antes de venir?

De Colombia tenía una imagen muy buena porque yo he leído mucha literatura de viajes y casi todos los libros coinciden en que el país favorito de los relatores de viajes es Colombia, tanto por sus paisajes como por su gente. Lo que si te puedo decir es que la calidez de la gente ha sido, según mi experiencia igual de cercana en Brasil que en Venezuela y Colombia.

¿El conflicto del paro agrario os ha afectado?

Pues te podría decir que hemos avanzado sin problema, casi en paralelo con los cortes de carreteras hasta llegar aquí a Tunja que es el epicentro del conflicto, ahora ya se han desbloqueado las carreteras, así que ya lo vemos más despejado.

¿Qué piensa tu familia, tus padres en Sevilla de tu largo viaje? Porque quizás desde allá se visualiza una realidad diferente, más fiera o mortífera. Como consigues transmitirles esa tranquilidad que estás experimentando?

La tranquilidad es difícil transmitirla, mi padre es más tranquilo, pero mi madre que es muy madre, desde el principio lo lleva con preocupación, pero se va adaptando porque hace ya muchos años que viajo y también me ha dado en alguna etapa por los deportes de riesgo. Y aunque parezca que no, lo va asumiendo. Al principio le costaba entender porqué iba a hacer esto, pero con el tiempo, el proyecto tuvo su tirón mediático en España, la gente empezó a hablar bien del mismo, entonces ella me veía en TV y se enorgullecía, además ayuda que tengo un blog en el que escribo las crónicas del viaje y ella las va leyendo por ahí. Si al principio era detractora, ahora es mi fan número uno.

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Llevas 8 meses de viaje, ¿Cuáles son las siguientes paradas?

Ando más o menos unos tres meses por cada país, aproximadamente. Como Ecuador es pequeñito, creo que lo haremos en uno y medio o dos meses. La secuencia futura es Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Uruguay y Chile.

Hablemos de los títeres, ¿cómo comenzó esa conexión tuya con las marionetas y con los niños?

Comencé con los títeres hace 17 años. Empecé por afición y luego vi que cada vez me traían más cosas bonitas. Los títeres transportan a los niños y a la gente a un lugar indescriptible. A los adultos les hace permite sacar a flote a su niño interior, los niños nadan en una especie de interrealidad entre la realidad y la ficción. Se crea ahí un mundo-universo de un potencial increíble. Enseguida pues me enganché. Lo he estado desarrollando estos últimos 16 años, estos dos últimos años desde 2011 hasta aquí he aparcado más la arquitectura y he estado tirando más de eso. Para los títeres han sido muy mágicos porque yo comencé viajando con ellos.

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Cuéntame, si existe, la mejor anécdota de que te haya ocurrido en este viaje.

La historia más bonita del viaje me sucedió en la Gran Sabana venezolana que es un paisaje absolutamente increíble. Dejé las marionetas en un hostal de Santa Elena de Uairén y me perdí. Eran parajes que se recorrían en canoas conducidas por indígenas, subiendo montañas imposibles, lugares literalmente sin caminos. Iba solamente con la bibicleta y llegué después de tres días pedaleando a un lugar perdidísimo, maravilloso, lleno de cascadas y tepuis que son mesetas con cornisas muy abruptas. Se trataba de una misión con muchos niños y niñas que dirigía un grupo de monjas. Ellas me llevaron en avioneta a recoger mis títeres en Santa Elena y me quedé un mes haciendo con ellos un taller de marionetas. No hablaban castellano sino pemón –lengua indígena originaria del área de la Gran Sabana- Al final con niños de 6 a 12 años hicimos un hermoso taller con un guión y una historia que al final se montó como obra. La historia acaba muy bonita porque representaron el espectáculo para la comunidad, fue todo un éxito. Finalmente a la vuelta a Santa Elena para continuar mi viaje, hablé con los políticos del Estado Bolívar para tratar de convencerlos de que aquellos niños debían salir en algún momento de sus vidas del aislamiento de la misión y conocer la ciudad de Santa Elena, a la cual sólo se puede llegar en avioneta. Al final a los niños que representaron la función los llevaron a Santa Elena en un avión del ejército, y, aunque yo ya no estaba allí, vi cómo el sueño de aquellos peques se cumplió. Ante toda la ciudad de Santa Elena representaron —eso sí, muertitos de miedo— su espectáculo y pudieron, al fin, volar en un avión y conocer la ciudad.

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Pablo finaliza la entrevista con una sabia reflexión que habla de la importancia de lo inmaterial sobre lo material, de la paciencia sobre la premura, y sobre el hecho mismo de viajar, su innato sentido de la didáctica “No existe en el mundo mejor universidad que un largo viaje, ese que no se dibuja en línea recta”.

Dicho y hecho. En estos momentos Pablo continúa su sinuosa singladura por selvas y secarrales, sabanas fértiles y eriales. No sabemos si habrá llegado ya a Ecuador, pero estamos seguros de que, allá donde esté tiene el corazón contento y las alforjas llenas de sonrisas y gratitud.

Para ampliar información: www.titiribici.com.

Ezequiel Paz

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