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El rastro del náufrago: las indómitas jornadas de Francisco de Cuéllar

Contando ya sesenta años Su Majestad Católica Felipe II, no llevaba demasiado bien la febril actividad expoliadora de los piratas luteranos, a la vez que la reina Isabel I le había negado repetidamente matrimonio.

Hastiado de que los tesoros que venían de América acabaran engrosando las arcas de la Pérfida Álbion fue pergeñando la idea de invadir Inglaterra. No era tanto una cuestión de conquistar la isla británica, sino de acabar con una monarquía hereje y que un católico –renovando de paso el apoyo del Vaticano- volviera a ser rey y señor de la antigua tierra artúrica.

Felipe encargó la temible misión a Don Álvaro de Bazán, uno de los legendarios héroes de Lepanto. Pero Don Álvaro murió, y el almirantazgo de la empresa recayó en Alonso Pérez de Guzmán, VII duque de Medina-Sidonia, grande de España, nobiliaria y militarmente hablando, con la única pega de que no era un experto en marinería.

A finales de mayo de 1588 los navíos de la que se llamó Felicísima Armada (lo de «Invencible» fue una fina ironía inglesa) se echaban a la mar. Eran 125 “castillos sobre agua” que portaban 30.000 hombres y debían dirigirse primeramente a Flandes para que allí se embarcaran las tropas de tierra, los españoles de gran fama guerrera de los Tercios.

Desde el principio, las cosas no fueron nada bien y la mar se puso claramente en contra de los intereses españoles. Llegados al Canal de la Mancha, los briosos y ligeros buques británicos atacaron inmisericordemente y como es sabido, fielmente apoyados por su principal aliado, el tiempo inclemente que se cebó con la flota, puso a la Armada Española en el trance de abandonar la empresa, aquel vano sueño de hacerse con Inglaterra.

Viéndose la extensa flota española en aquella tesitura, sus comandantes decidieron pues rodear Escocia e Irlanda para internarse en el Atlántico Norte de vuelta a España. La mayoría de los pilotos tenían un conocimiento limitado de las costas de Irlanda y 20 naves se perdieron. A pesar de que a bordo de la flota se embarcaron al menos 200 irlandeses, era evidente que se carecía de las cartas náuticas adecuadas. La incertidumbre en Londres sobre la posibilidad de reorganización de los supervivientes llegados hasta las costas irlandesas hizo que su persecución desembocase, en numerosas ocasiones en ejecuciones sumarias. Los irlandeses mostrarían con los españoles una actitud ambigua: en ocasiones fueron saqueados o entregados a las autoridades inglesas, en otras fueron recogidos, ocultados y protegidos.

El rastro del náufrago

El capitán Francisco de Cuéllar, autor de la conocida misiva a Felipe II “Carta de uno que fue en la Armada de Inglaterra y que cuenta la Jornada” fue uno de los superviviente a bordo del Lavia, que naugrafó junto a los navíos Juliana y Santa María de Visón en Sligo, al norte de Irlanda. Saqueado en un inicio por los irlandeses y perseguido sin tregua por los ingleses, Cuéllar logró esquivar a sus perseguidores ocultándose durante más de siete meses en las zonas montañosas y boscosas entre pobladores a los que él tildaba de “salvajes”.

De todas las peripecias vividas por Cuéllar a lo largo de su belicosa y ruda vida, sin duda la de los bosques septentrionales de Irlanda sería la más cruenta. Tras su naufragio Cuéllar se ve arrastrado junto a vivos y muertos a una playa con más de 600 cadáveres, desnudo al completo, con un frío de perros, a merced de lobos y cuervos que devoraban las entrañas de los cuerpos regados. Sin embargo su periplo por las tierras irlandesas continuaría deparándole terribles desventuras. A la persecución de los ingleses debía sumársele la peligrosa ambigüedad de los irlandeses, algunos de los cuales lo acogieron sinceramente –el latín era su lengua vehicular- y perderían la vida por ello como fue el caso del noble O ´Rourke.

De Irlanda pasará a Escocia, junto con otro 12 españoles con la ayuda del obispo Raimundo Termi y de allí, con un buque fletado por el Duque de Parma zarpará de Britania rumbo a Flandes donde a partir de 1589 servirá a Alejandro Farnesio, Duque de Parma guerreando a arcabuzazo limpio en Francia, Piamonte, Nápoles y la misma Flandes.

La armanda invencible. Museo Maritimo de Londres

La armanda invencible. Museo Maritimo de Londres

También en el Nuevo Mundo

Pero la huella de Cuéllar ya se podía rastrear en la historia con anterioridad a la increíble peripecia como náufrago en tierras irlandesas. En primer lugar formó parte de los que se llamaron las Jornadas de Portugal en 1581, empeño que, tras la crisis sucesoria del reino de Portugal, llevaría a Felipe a coronarse –el 25 de marzo del citado año- luego de la ocupación militar del país. Pero además nuestro capitán, entre 1581 y 1584 formaría parte de la expedición de Diego Flores Valdés al estrecho de Magallanes en la Fragata Santa Catalina.

Mapa Armada Invencible

Llegaban con la orden de establecer varias fortificaciones que evitaran el trasiego de buques piratas ingleses y controlaran aquel punto estratégico. Tras muchas desventuras marinas, Valdés consiguió en 1584 realizar dos fundaciones, la de Nombre de Jesús y la de Rey Don Felipe.

Pero si se continúa tirando de la madeja historiográfica hallamos más huellas de Cuéllar en el Nuevo Mundo, ya que participaría también en la Empresa del Fuerte de Paraíba, contra los franceses, en un área que hoy abarcaría la ciudad de Joao Pessoa. Al parecer, la conquista de Paraíba era una de las tareas pendientes del Gobernador General Teles Barreto en el nordeste brasileño y se aprovechó la presencia en el Cono Sur de la escuadra española de Diego Flores de Valdés –donde militaba nuestro intrépido Cuéllar- para emprender la colonización de aquella región nordestina. Sin embargo ésta no llegaría definitivamente hasta 1597. Antes de acabar su días en torno a 1604 –los últimos datos lo sitúan en Madrid por aquel año- el bueno de Francisco retomaría -quién sabe si con las últimas fuerzas que le quedaban- sus aventuras allende los mares y se embarcaría en varias singladuras a las islas de Barlovento –actuales Antillas- en pos de la plata del reino americano.

A modo de resumen, hemos de decir que el desastre de 1588 costó finalmente a España sesenta navíos, veinte mil hombres —incluyendo cinco de sus doce comandantes más veteranos— y junto con enormes gastos materiales, un notable daño en su prestigio en una época especialmente difícil. El principal responsable de semejante calamidad no fueron los elementos, ni la pericia militar inglesa, ni siquiera la incompetencia del VII Duque de Medina Sidonia. Lo fue un monarca –Felipe II- imbuido de un exaltado sentimiento religioso que, ausente en las demás potencias de la época sin excluir a la Santa Sede, acabaría provocando el colapso definitivo del imperio español.

Ezequiel Paz

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