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Mercedes Erra: "La inmigración es una fuente de riqueza"

Mercedes Erra, presidenta del Consejo de Administración del Museo de la Historia de la Inmigración de París.

Mercedes Erra: "La inmigración es una fuente de riqueza"

La española Mercedes Erra llegó a Francia en 1960 con apenas seis años. Con su familia dejó atrás su Sabadell natal. Diplomada por La Sorbona y por la Escuela de Altos Estudios Comerciales de París, fundó BETC, una de las agencias de publicidad más importantes del mundo, y es presidenta de Havas Worldwide. El gobierno francés la nombró en 2010 responsable del Consejo de Administración del Museo de la Historia de la Inmigración de París, en el que se rinde homenaje a la aportación de los que eligieron Francia como tierra de acogida, entre ellos cientos de miles de españoles.

¿Qué ha significado la emigración española en Francia?

Primero hubo una emigración política, llegando la primera ola en el momento de la Guerra de España de 1936 a 1939, con la huida de los republicanos. Y después, en los años sesenta, una inmigración de carácter más económico. La primera inmigración española trajo a suelo francés a gente que tenía una conciencia política, portadores de un orgullo de democracia. Estos demócratas llegaron con sus convicciones y ello aportó cosas a la política francesa, necesariamente. La inmigración económica de los años sesenta hizo venir a gente trabajadora, alegre, valiente, orgullosa. Los españoles se confiesan raramente cansados, por ejemplo. El orgullo español excluye toda idea victimista. Son valores interesantes para el país de acogida.

¿Se ha reconocido en Francia el papel de la inmigración española en muchos aspectos de la cultura francesa?

En realidad, Francia integró a los españoles. O mejor dicho, los españoles se integraron, lo quisieron así, sin por supuesto olvidar a su país de origen. Francia absorbió y eso funcionó. ¿Eso quiere decir que la inmigración española fue particularmente reconocida en la cultura francesa? No es seguro. Los españoles de la primera inmigración son de dos tipos. Por un lado están los republicanos, gente con una conciencia política, que abundó en favor de los valores de la República Francesa. Por otro los artistas, que han tenido una resonancia muy fuerte en la cultura francesa y trabajaron mucho en Francia, como Picasso, los hermanos González, Miró, Dalí, o Balenciaga y Paco Rabanne en la alta costura. Estas personalidades eran bastante emblemáticas de un cierto temperamento español. Retengo eso, una energía bonita y también una cierta autoridad, una firmeza, una forma de presencia que hizo perceptible su existencia.

¿En el Museo de la Historia de la Inmigración de París, qué se puede contemplar en relación a la inmigración española?

La inmigración española en el museo es a la vez una multitud de inmigrantes anónimos, de los que no conocemos los nombres y también de artistas que hemos seguido su rastro, como las bellas fotografías sobre los refugiados españoles durante la Retirada en 1939, de Robert Capa y David Seymour, como las de los inmigrantes en la estación parisina de Austerlitz en 1965, de Gerald Boncourt, como las punzantes fotos de Jean Philippe Charbonnier sobre la vida diaria de una sirvienta española en París en 1962. Son también las narraciones y los objetos de emigrantes en la galería de donaciones, en una parte del museo donde las historias familiares permiten percibir la diversidad cultural. Me gusta particularmente en esta parte del museo la fresadora de Emilio Reig, una máquina enorme, donada por la hija de este republicano español que decía: "una tonelada de acero, es la medida de todo lo que hemos aportado a Francia, como hijas e hijos de republicanos españoles". Los españoles son también artistas y en este sentido pudimos ver a los formidables creadores de alta costura.

Una de las salas del Museo de la Historia de la Inmigración

Una de las salas del Museo de la Historia de la Inmigración

¿Y cuál es la historia personal de la emigrante Mercedes Erra?

Llegué a Francia cuando tenía seis años, desde Cataluña. Mi padre ya estaba aquí, al haber llegado en 1959, un año antes, por motivos económicos. Y la familia le siguió. Tengo el recuerdo de unos primeros tiempos difíciles. Primero, hacía mucho frío. El invierno me parecía glacial e interminable. La escuela al principio era difícil ya que yo no hablaba ni una palabra de francés. Durante un tiempo no dije nada en la escuela, estaba muda ya que no tenía ganas de que se burlaran de mí. Pero grababa todo. Me callaba y escuchaba la cadena de radio France Inter asiduamente durante meses. Cuando al final abrí la boca para hablar, me expresaba mejor que la mayoría de los niños franceses, tenía más vocabulario. A partir de ahí, toda mi historia es una historia de fuerte voluntad de integración. Me fue bien en los estudios, que fueron un elemento clave. Hubo un choque social a nuestra llegada, ya que mi madre venía de un medio burgués y en Francia nos encontramos más pobres. No se buscaba tampoco vestir bien a los niños, al contrario que en España. La Francia de los años sesenta era un poco ruda para una mujer joven como mi madre a la que le gustaba la ropa, las fiestas. Vivimos en un pequeño apartamento en Chelles, en la periferia parisina. Mis padres trabajaron muy duro. Mi padre comenzó como pintor de edificios, pero tenía vértigo y pasó después a una imprenta. Progresó rápido y se convirtió en patrón comercial. Pertenecíamos a la Francia media, que gastaba poco, que no iba a menudo a un restaurante. Mis estudios me llevaron al profesorado de letras. Pero en realidad yo no quería ser funcionaria, no comprendía el hecho de no tener objetivos, no ser evaluada más a menudo. Y me metí en el mundo de la publicidad. Tenía la impresión de estar en mi elemento. Me apasionó este campo desde el principio.

¿Tuvo usted problemas de integración cuando llegó a Francia?

La integración es siempre una lucha. Hay algo un poco desgarrador en el proceso. Por un lado estamos tentados de sumergirnos en el nuevo universo, con el riesgo de renegar de los que tenemos en lo más profundo, las raíces. De este modo, soñaba con llamarme Martine, como una pequeña francesa. De disfrazarme de francesa. Tenía ropas muy cortas, como las que se hacen en España para las niñas. Me quería vestir de otra forma, alargar las ropas. Se burlaban. Eso marca siempre algo. Gané en en fuerza. Por otra parte, hay algo en ti que te hace resistir, que te hace llevar con orgullo tu diferencia. Me siguieron llamando Mercedes y las burlas quedaron atrás. Mi nombre terminó por ser algo bueno para mí. Incluso una vez ocurrió que escuché alguien que dijo "¡Uh uh, Mercedes!". Me di la vuelta pero no me llamaban a mí. Me sentí como ultrajada por el hecho de que hubiera otra Mercedes, ya que mi nombre me había dado un sentimiento de singularidad. Soy francesa, pero sigo siendo catalana

¿Por qué decidió aceptar el puesto de presidenta del Consejo de Administración del Museo de la Historia de la Inmigración?

Pensé que había tenido una ventaja, la de haber emigrado y quería compartir esa ventaja con los que se encontraban hoy en ese mismo caso. Y después creo firmemente que la inmigración es una riqueza y que ha tenido que ver en la forma de Francia.

Pablo San Román
Fotos: Mathieu Nouvel y Jacqueline Roche

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