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La dura existencia del árbitro de fútbol

Si en lugar de aspirar a futbolista a su hijo le da por querer ser árbitro, además de arroparse con un apellido vistoso, el aspirante ha de armarse de santa paciencia, valor y ojo, mucho ojo

Amonestación al uruguayo del F.C. Barcelona, Luis Suárez

Amonestación al uruguayo del F.C. Barcelona, Luis Suárez

Una vez que el aspirante a trencilla ha tomado la decisión de ser blanco de ataques xenófobos, insultos, maldiciones, palabrotas, botellazos lanzados desde la grada, zarandeos, improperios y alusiones a la honradez de su santa madre por parte espectadores y espectadoras de los 20.000 encuentros federados que tienen lugar todos los fines de semana en España, ya no hay marcha atrás que valga.

Y es que como ha declarado el árbitro recién licenciado Pablo Fernández Montaño, “no he pitado un solo partido en el que no haya sido insultado. Es un problema de educación u formación. Está permitido insultar al árbitro y es normal”. Y las mujeres árbitros lo tienen bastante crudo cuando desde las gradas los energúmenos de turno las envían a fregar platos u otra ocupación todavía más denigrante. No hay tregua, y tampoco se hacen prisioneros, aunque algunas denuncias a veces se saldan con una multa simbólica para el agresor.

El aspirante a colegiado, español con edad comprendida entre los 14 y 30 años, puede enviar una solicitud a cualquiera de las 19 federaciones territoriales que comprenden el futbol español. Si es admitido, emprenderá una nada fácil carrera en un mundo en el que no existen ni atajos ni ventajas y todo transcurre bajo una reglamentación inflexible que respeta, como pocas, los plazos y los galones.

Para empezar, se exige realizar un primer cursillo de 3 meses en el que aprender las reglas del juego, preparación física, psicológica y cultura general lo que habilita para dirigir encuentros de futbol 7 entre pre-benjamines, benjamines y alevines por los que el árbitro percibirá la cantidad de 10 euros.

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Ese estipendio se moverá entre los 30 y 60 euros, cuando ascienda a la categoría regional y preferente y puede dirigir futbol 11 en varias categorías mientras es observado por sus superiores con lupa. Así, con los debidos informes el principiante tardará cinco años en ascender de regional a 3ª división, categoría en el que los seleccionados acuden a la Ciudad del Fútbol de Las Rozas para pasar un examen físico, reglas de juego, redacción de actas, administración e inglés, para lograr un sueldo de 125 euros por partido que pasarán a ser 167 euros cuando ascienda a segunda B y sus asistentes cobrarán 80 : el trencilla ya se puede considerar semiprofesional aunque el futuro, o sea, la segunda división A, se convertirá en un auténtico “embudo”, una línea que solo cruzan los cuatro mejores cada temporada.

En la ardua carrera del árbitro pasar de segunda B, o sea de aficionado a portar galones de profesional en segunda A, es una de las misiones más difíciles que existen. No hay que ser bueno sino buenísimo para dar un salto que solo impulsa a cuatro candidatos por temporada.

Pero vale la pena porque en segunda A el colegiado cobra por actuación 1.597 euros; los auxiliares, 720 y el cuatro árbitro 563. A eso hay que añadir que dichos árbitros son los mismos que están presentes en los partidos de la primera división femenina (Liga Iberdrola) y los juveniles de la división de honor.

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Entrar a formar parte de la élite de los árbitros, es decir los que dirigen partidos en primera división, ya es harina de otro costal. Solo lo logran 2 al año tras pasar informes rigurosos y siempre que haya. Los honorarios de estos privilegiados por arbitrar un encuentro ascienden a 3.631 €, mientras el asistente: se embolsa 1.521 y los dos auxiliares, 890 euros. O sea que por una razón u otra los 40 árbitros de ese club de privilegiados llegan a ingresar cada temporada unos 150.000 euros.

Existe, además, otra supercategoría formada por los colegiados que logran el prestigio suficiente como para dirigir partidos internacionales como la Copa de Europa o los mundiales. Sus emolumentos son estratosféricos porque no solo cobran por la labor como trencillas, sino que muchos alcanzan tratamiento de estrellas y acaban convirtiéndose en estrellas de la publicidad.

Para lograr tan altas cotas, tampoco estará de más que el futuro árbitro se provea de un par de apellidos bien sonoros como por ejemplo, Japón Sevilla, Urízar Azpitarte, Andujar Oliver, De Burgos Bengoetxea, Undiano Mallenco o Del Cerro Grande, Condón Uriz o Acebal Pezón. Todo para cumplir con una tradición que se remonta a los años 70, cuando en plena dictadura los aficionados españoles adoptaron la manía de meterse con las controvertidas decisiones que tomaba cierto colegiado apellidado Franco, con frases como, “Franco es muy malo”; o, bien, Franco masacró al Valencia”, cosa que incomodó en las alturas del Régimen e inmediatamente se ordenó que los trencillas fueran designados con nombre y los dos apellidos, para de ese modo evitar todo tipo de confusiones y mofas.

Luis Bamba

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