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Gabriel García Márquez, genio de la literatura mágica

Gabriel García Márquez, premio nobel de Literatura y autor de "Cien años de soledad", la celebrada novela que elevó al realismo mágico a la categoría de universal, falleció en México a los 87 años de edad.

Nacido en Aracataca el 6 de marzo de 1927, Gabo, hijo del telegrafista de esta humilde villa colombiana, fue elegido desde el primer día por las musas para ocupar un lugar sagrado dentro de la literatura a manos de su abuela, Tranquilina Iguarán, la encargada de alimentar de cuentos la fértil imaginación del creador de Macondo.

Por si no hubiera sido bastante la fructífera siembra literaria de la matriarca, el premio nobel de Literatura de 1982 tropezaría con la Literatura con mayúsculas mientras estudiaba Derecho en la Universidad de Bogotá. Al tiempo que devoraba a Hemingway y a Faulkner, a Neruda y a Rimbaud, descubría que los cuentos de la abuela Tranquilina no diferían demasiado de los relatos de Kafka en La metamorfosis y empezaba a afilar sus armas de periodista en diarios como el Heraldo de Barranquilla y el Universal de Cartagena.

Porque es justo decir bien alto y claro que Gabriel García Márquez antes que escritor fue periodista, un oficio del que muchos insignes novelistas reniegan cuando consiguen triunfar en la literatura, pero que el autor de El coronel no tiene quien le escriba ha glorificado como uno de los más grandes y hermosos del mundo, además de representar una pasión insaciable. “Toda la vida –escribió en 1991 - he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista aunque se vea poco. Estos libros tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados, pero el método de investigación y de manejo de información y de los hechos es de periodista”.

Gabo

Algún tiempo después publicaría Relato de un náufrago y sus consecuencias empujaron a Gabo al auto exilio en París donde, en condiciones más que precarias, ejercía de corresponsal de El Espectador. De la Ciudad de la Luz puso rumbo a La Habana y después a México, y fue aquí donde empezó a gestarse una de las novelas que más repercusión conseguiría entre las escritas en lengua castellana.

Se trataba, cómo no, de Cien años de soledad. Un relato de gigantescas proporciones poéticas que retrata la historia de un continente olvidado a través de una saga familiar que habita un territorio mítico y que responde al nombre de Macondo, la “aldea feliz donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto” y donde tiene lugar el nacimiento, la vida y el fin de la estirpe de los Buendía.

Macondo es un punto de partida y destino de nombre fascinante pero indescifrable hasta para su propio autor, quien dijo: “Me gustaba su resonancia poética (…) Ni siquiera me pregunto lo que significa”. Fue fundado por José Arcadio Buendía, en él habitaron hasta siete generaciones y concluye en un lugar abandonado donde el último de la estirpe de los Buendía intenta descifrar los pergaminos abandonados por Melquiades y termina por descubrir que “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.

100 años de soledad

Cien años de soledad, la novela que elevó al realismo mágico a la categoría universal

Para el grandísimo poeta Pablo Neruda, la irrupción de Cien años de soledad en el medio literario español de 1967 fue semejante a la aparición de El Quijote de don Miguel de Cervantes en sus tiempos. Fuese así o no, lo cierto es que la primera tirada de 8.000 ejemplares de la novela editada por la editorial Sudamericana (México) se agotó a los pocos días y a partir de entonces todo el mundo despertó zarandeado por una nueva pandemia de carácter universal: el realismo mágico. Ya habían abordado este género otros notables escritores latinoamericanos, pero sería de la mano del hijo del telegrafista de Aracataca donde esa manera de escribir incorporando realidad y fantasía acabaría portando carta de denominación de origen y abriría puertas inimaginables hasta aquel momento.

No obstante, Gabo, don Gabriel José de la Concordia García Márquez, no es sólo Cien años de soledad. Ni mucho menos. La epopeya macondiana de los Buendía solo fue la tarjeta de visita de un narrador de descomunal talento que comenzó a emitir señales inequívocas desde las páginas de los periódicos con reportajes como los titulados “Operación Carlota”, “Vietnam por dentro”, “Torrijos: cruce de mula y tigre” o “Cuba en Angola”. Esto en lo que se refiere a su labor como periodista. Porque en la literatura, la arribada de García Márquez blandiendo a los cuatro vientos sus Cien años de soledad significaría el pistoletazo de salida para el vendaval de relatos geniales contenidos en obras imperecederas como El amor en tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca o Crónica de una muerte anunciada.

Y, de la mano de Gabo, llegaría el boom de la literatura latinoamericana que nos descubrió el filón producido por plumas de la categoría de Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier o Ernesto Sábato. Es decir la explosión del genio y la imaginación de los hijos de Miguel de Cervantes quinientos años después del Siglo de Oro y del “Descubrimiento” de América.

Gabo ha muerto pero no ha desaparecido. O, viceversa. Ha dejado huellas en el cine para que sus innumerables seguidores continúen recordándole viendo películas adaptadas de algunas de sus obras como El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada o El amor en tiempos del cólera. Y a quien no le interese el celuloide, puede acudir a las hemerotecas y releer sus crónicas periodísticas para darse cuenta de dónde y cómo se coció eso que se ha dado en llamar “nuevo periodismo” o revisar una antología de sus mejores reportajes en el volumen Cuando era feliz e indocumentado.

Y si aún así, no acabamos saciados, basta con abrir la primera página de cierto cuento que arranca así: “Muchos años después y frente al pelotón de fusilamiento…” para descubrir que el mundo se reinventa mas o menos cada cien años.

P.Z.

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