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Julio Cortázar, el escritor compulsivo

Pasión vehemente por el relato e impulso irresistible de la imaginación, compulsión en definitiva, es lo que hizo de Cortázar uno de los autores esenciales del siglo XX. Este año, en que se cumplen 30 de su muerte, celebramos el centenario de su nacimiento y los 50 de Rayuela.

Saltó las alambradas literarias en los años 60 del pasado siglo, cuando se dio a conocer al mundo con la novela Los Premios, un relato de emigrantes-viajeros moderno y transgresor. Sus colecciones de cuentos, editadas en la España de los 70 por Alianza Editorial en tres volúmenes que hoy, amarillos y desencolados todavía nos miran desde algunas estanterías, dieron un impulso al lenguaje capaz de remover los huesos de los grandes clásicos. Rayuela, considerada como su obra cumbre, es una novela interactiva que permite al lector elegir el modo de leerla y le cuenta una historia poliédrica de personajes adorables, capaces de gatear todo el restaurante para buscar un azucarillo o patear París sin finalidad, como hace Oliveira, a sabiendas de que va a encontrase con La Maga.

La imaginación, el bullicio intelectual de Julio Cortázar, nacido en Bruselas el mismo año del comienzo de la Gran Guerra, argentino, de nacionalidad francesa, de aspecto aniñado a la edad en la que los demás somos viejos, con sus piernas de garza y su mirada cerval; la imaginación, decimos, de este hombre, recibió seguro una ración extra de nutrientes, allá donde se fabrican los cerebros.

Cortázar nos presentó a La señorita Cora, nos aterró con Casa tomada, nos puso La noche bocarriba y hasta sacó un capítulo de Rayuela para darle vida propia y proponer la construcción de un 62, modelo para armar. Nos angustió con Las armas secretas nos hizo pensar con El libro de Manuel.

Rayuela. 1ª edición

Los premios

Los lectores de este ciudadano del mundo, que durante algunos años fijó su residencia en España, han recorrido todos los laberintos y visitado todos los paraísos perdidos (Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas), pero también han bajado a los infiernos del jazzmen Charlie Parker con el pesimismo de El perseguidor.

El jazz y el cine (Queremos tanto a Glenda) son temas recurrente en la obra de este provocador con “corazón de galletita”, como lo son París y Buenos Aires y, si uno presta atención, descubre que también adoraba a los gatos, a los que perseguía para retratarlos en blanco y negro, e incluso apreciar su veneración por Aurora Bernárdez y por Carol Dunlop, sus mujeres y cómplices en su vida y su obra, con las que dio La vuelta al día en ochenta mundos y viajó de París a Marsella en Los autonautas de la cosmopista.

Aurora, hija de gallegos, sabedora de su papel de pedestal de la estatua, soportó los amores y desamores del genio y hoy, ya muy anciana, es la albacea que administra y dosifica su legado. Una herencia que empieza a parecer inagotable pues, a treinta años de su muerte, Cortázar publica libros, ya sean los Papeles inesperados, rescatados de una cómoda llena de descartes y proyectos, o el álbum biográfico Cortázar de la A a la Z, con muchas fotos desconocidas, pasando por el anunciado libro póstumo La puñalada/El tango de vuelta, una rareza editorial que apareció al dia siguiente de su muerte y que no se había traducido nunca al castellano.

Album biográfico

Cortázar, Julio: narrador, poeta, traductor, autor teatral y rey de Fantasía, con permiso de la Emperatriz Infantil, nos dio instrucciones muy prolijas para subir una escalera, para dar cuerda a un reloj y para llorar con fundamento, alumbró Historias de Cronopios y de Famas, cuando, muy al fondo, él se debía sentir “un Esperanza”, porque como todo el mundo sabe, “la esperanza es lo único que queda dentro de la caja cuando escapan de ella todos los males”.

Literato insurgente, Cortázar escapaba también como podía de un trabajo, tal vez tedioso, como traductor externo de la Unesco. En tan digna institución nació Un tal Lucas, una creación mitad ficción y mitad alter ego de su autor, que fue enriqueciendo con el paso de los años y muchas veces relegando al fondo del último cajón de la vieja cómoda.

La obra de Cortázar obtuvo reconocimiento en España durante los años llamados “de la transición”, una época de liberación, de libertad, de libertinaje y de libros, de muchos libros. Varias generaciones de españoles educados con Cervantes, Delibes, Azorín y Emilia Pardo Bazán, se encontraron bruscamente, dándose de manos a boca con un grupo de genios latinoamericanos como el uruguayo Benedetti, el colombiano García Márquez, el mexicano Rulfo y el argentino Cortázar. Una galaxia muy lejana que comenzó a refulgir en el cuarto de estar de cada lector curioso, aportando giros y vocablos nuevos, y proyecciones de una realidad alternativa.

Portada 'Papeles inesperados'

La tempestad literaria cruzó el Atlántico y recaló en todos los puertos europeos, ganando adeptos, fieles y aficionados, junto con algunos enemigos declarados. La epidemia Cortázar se extendió rápido por el orbe de habla hispana y llegó a lugares, entonces todavía lejanos, como Suecia, donde unos cuantos emigrantes españoles fundaron el Club de los Cronopios de Estocolmo, uno de los primeros grupos de seguidores, con los que el escritor mantuvo una interesante relación.

Las propuestas de este argentino larguirucho que sigue mirando el cielo de París desde el Pont des Arts, embutido en su gabardina de detective, no han perdido ni un ápice de frescura con el paso de los años, siguen ahí, huyendo de los relojes y de la gente meticulosa, de los que exprimen desde atrás el tubo del dentífrico y de quienes no meten la cabeza en la pecera para ponerse, por unos segundos, del lado de los ciprinos dorados, o sea, de “el lado de allá”.

No sería justo acabar este homenaje sin dar al recordado la chance de poner un colofón que dice mucho sobre su trabajo en “el lado de acá”: “Volver sobre cosas ya escritas puede parecer demasiado fácil, pero en mi caso al menos siempre me ha sido más fácil inventar que repetir”.

Carlos Ortega

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