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Jadraque, a la sombra del Castillo del Cid

Pueblo señero de La Alcarria, Jadraque tiene monumentos de interés, personajes ilustres y singulares, una historia larga y con jugosas anécdotas, un poderoso castillo y, probablemente, el mejor cabrito asado de España.

Situado entre la Sierra Norte y el valle del Henares, este pueblo de Guadalajara recibió su nombre de los árabes, Xadaraq, que hace referencia al verdor de sus valles. Por esos años se debió edificar lo que luego crecería hasta convertirse en el actual Castillo del Cid, una denominación que hace más referencia a un deseo que a una realidad. Pero vayamos por orden.

El viajero suele llegar a Jadraque por una carretera sinuosa, que lo primero que pone ante sus ojos es el castillo, no mostrando sus casas hasta unas cuantas revueltas más abajo. El pueblo, pese a que sus atractivos han sido diezmados por el progreso, tiene para ver y visitar algunas casonas blasonadas y otros atractivos, pues no en vano, su estratégica ubicación queda en medio del viejo Camino Real de Aragón.

Agujas de la iglesia en primer plano y al fondo el castillo de Jadraque.

Agujas de la iglesia en primer plano y al fondo el castillo de Jadraque

De sus casas destaca la que fuera de Juan Arias Saavedra, un aristócrata ilustrado, que la ofreció a Gaspar Melchor de Jovellanos, ministro de Carlos III represaliado por Carlos IV por ser demasiado moderno, para reponerse de su destierro en Mallorca, a la vez que al pintor Francisco de Goya, seriamente afectado por los sucesos del 2 de mayo en Madrid. En el verano de 1808 ambos están en Jadraque y mientras Jovellanos pinta frescos en su cuarto, Goya realiza el famoso retrato del ilustrado. De aquello queda la Saleta de Jovellanos, de obligada contemplación por el visitante.

Un poco más allá luce la moderna plaza del consistorio y unos pasos más acercan al viajero hasta la Iglesia parroquial de San Juan Bautista, un templo del siglo XVII, grandón y corriente, si no fuera porque en su interior alberga tesoros como un Cristo tallado por Pedro de Mena y un lienzo pintado por Zurbarán, un enrejado notable y algunas lápidas curiosas.

Desde lo alto del cerro el Castillo del Cid domina el horizonte. Con 100 metros de largo pero reducido a su muralla exterior, precisa muchas explicaciones para imaginarlo en pleno uso. Baste decir que el Cardenal Mendoza, influyente y poderoso, decidió comprarlo para mantener su linaje, que aseguraba procedía del mismísimo Cid Campeador. Tras pasar la propiedad por los Duques del Infantado y los de Osuna, en 1889 lo adquirió el Ayuntamiento jadraqueño por 300 pesetas.

Reja en el lienzo de la muralla del castillo.

Reja en el lienzo de la muralla del castillo.

Detalle de la iglesia de San Juan Bautista.

Detalle de la iglesia de San Juan Bautista.

La ambición del religioso Mendoza contrasta con la vida ejemplar de uno de los hijos de Jadraque más admirados, Fray Pedro Urraca, un clérigo mercedario que fue lo que podríamos llamar un capellán de emigrantes. Este fraile viajó a la América española a finales del siglo XVI. Donde pronto recibió reconocimiento y veneración, tanto por sus sermones como por su apoyo a los más necesitados. Este aprecio, especialmente en Perú, donde lo consideran santo, sigue vivo hasta el punto de que no pocos peruanos peregrinan cada año hasta Jadraque para honrar su recuerdo y visitar su casa natal.

No podemos dejar la localidad sin mencionar a José Gutiérrez de Luna “El Indiano”. Nacido en Jadraque en 1657 y embarcado muy joven rumbo a México, Gutiérrez hizo fortuna y retornó rico y generoso, pero regresó haciéndose pasar por pobre, recibiendo tan mala acogida que decidió dejar la herencia de su cuantiosa fortuna a la parroquia, para las obras pías y para restaurar el templo donde hoy reposa.

Llegado a este punto, cualquier viajero sentirá hambre tras el recorrido por Jadraque y deberá convivir con su equivocación si parte sin saciarla degustando el famoso cabrito asado.

Carlos Ortega

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