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Javier Cercas: "Todas las novelas que amo contienen un enigma, un punto ciego"

Su sexta y última novela, "Las leyes de la frontera", ha confirmado a Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) como una de las figuras indispensables de la narrativa europea contemporánea. El autor de Soldados de Salamina fue el invitado de honor de la 43ª edición de la Feria del Libro de Bruselas.

El personaje de El Gafitas, uno de los protagonistas de Las leyes de la frontera, hace pensar al lector en un Cercas adolescente en la Gerona de 1978. Usted ha declarado que pudo perfectamente haber terminado como los delincuentes juveniles de los que habla la novela pero que en aquella época “estaba demasiado ocupado leyendo a Borges”. ¿Podemos concluir que la literatura le salvó?

Yo no llevaba gafas entonces, ¿eh? [Risas]. Sí, efectivamente, la literatura me salvó, pero no solo en el sentido de no terminar como un quinqui, sino en casi todos. Me ha hecho la vida mucho más interesante, mucho más compleja, me ha hecho mucho mejor persona de lo que hubiese sido sin ella. No todo aquel que se dedica a la literatura tiene por qué ser un santo varón, ni todo aquel que la disfruta tiene por qué ser una bellísima persona, pero en mi caso sí que estoy seguro de que la literatura me ha hecho mucho mejor, mucho más fuerte, infinitamente menos idiota. Creo firmemente en el poder salvador de la literatura; si la literatura no sirve para salvar, ¿para qué sirve?

Las leyes de la frontera

Uno de los grandes aciertos de Las leyes de la frontera es el reflejo preciso y sin concesiones de dos Españas, la de 1978 y la actual, de dos momentos separados por más de treinta años de una prosperidad que se esfumó. ¿Se ha visto influido por este declive de España a la hora de escribir el libro?

Sí, porque cuando escribo el libro ya soy consciente de que aquella prosperidad que parecía que no se iba a terminar nunca, se ha acabado. Y por ello esta novela no es una novela sobre la Transición, si acaso es una novela sobre cómo éramos entonces y en qué nos hemos convertido. Y lo que es muy visible en el libro es cómo la España de 1978 es una España tercermundista —sí, ésa es la palabra— que sale de una dictadura larguísima, un país de un cutre y de una miseria impresionantes, y cómo la España de principios del siglo XXI es un país de un modernismo increíble; cómo la ciudad en la que vivimos (Gerona en este caso, pero es válido para todo el país) se ha convertido, como dice un personaje de la novela, en una ciudad “ridículamente satisfecha de sí misma”. Porque eso era España hace apenas unos años: un país de nuevos ricos, con todo lo que eso conlleva. Ahora también digo que, del mismo modo que la visión que se tenía de España hace siete años era irreal, también lo es la que se tiene ahora.

¿Quiere decir que no estamos tan mal como pensamos?

La gente lo está pasando mal, esto es un hecho, pero… en 1978 era mucho peor que ahora la situación, pero muchísimo peor. Lo que pasa es que vivimos en una dictadura del presente. La gente tiene la idea estúpida, en parte por la omnipresencia de los medios de comunicación, de que el presente se explica sólo con el presente y esto es mentira. El presente se explica con el pasado, porque el pasado es una dimensión del presente. Y así sí que puede empezar a explicarse la realidad. Y la realidad es que ahora tenemos infinitamente más recursos para salir adelante que entonces.

Javier Cercas en un encuentro con el público durante la 43ª Feria del Libro de Bruselas.

Javier Cercas en un encuentro con el público durante la 43ª Feria del Libro de Bruselas.

“Toda novela es una autobiografía enmascarada”, ha escrito usted recientemente. ¿Qué hay, entonces, de Javier Cercas en Soldados de Salamina, en La velocidad de la luz, en Las leyes de la frontera?

Es que la ficción pura no existe, toda ficción está felizmente contaminada de realidad porque la realidad es el carburante de la ficción. Y digo felizmente porque la ficción pura no tendría ningún interés. En periodismo está prohibido mezclar verdades y mentiras —aunque se hace cada día, por supuesto—, pero mezclar verdades y mentiras es la literatura, en eso consiste precisamente la literatura. Cuando publiqué Soldados de Salamina me decían: “¡Te has inventado la mezcla de ficción y realidad!”. Qué absurdo, si en literatura no se inventa nada, hombre, si lo que yo hago ya lo hacían Homero y Cervantes. ¿Acaso en El Quijote todo es mentira, todo es ficción? Pues por supuesto que no, parte de cosas reales, y por eso es tan bueno. La novedad consiste en el olvido, la gente se olvida de las cosas y por eso le parecen tan nuevas. Y yo lo que hago es ir a buscar las cosas de las que la gente se ha olvidado. Soy un novelista primitivo.

Sus padres emigraron a Cataluña procedentes de Cáceres cuando usted tenía cuatro años y en varias ocasiones se ha definido como un charnego de Gerona. ¿Cree que ha influido de alguna manera este hecho de su biografía en su trayectoria como escritor?

Yo soy un escritor porque soy un emigrante, porque soy un desplazado. Siempre he pensado que si me hubiese quedado en Extremadura no habría sido escritor, habría sido veterinario, como mi padre, o señorito, que es mucho mejor [Risas]. Soy un tipo de la periferia, mi mirada es periférica respecto a todas las cuestiones. Y por eso creo que los libros que he escrito sobre cuestiones centrales de nuestro país (la Guerra Civil, la Transición) son distintos, no sé si mejores o peores, pero distintos, porque mi mirada es distinta, porque soy un periférico que lo ve todo desde lejos, con perspectiva.

La misma perspectiva y distancia con la que analiza en sus artículos la actualidad política y social de Cataluña, el lugar en el que vive…

Claro, porque también miro a Cataluña desde fuera, porque soy catalán y no soy catalán. Pero me resisto a creer que lo que yo digo sea sólo porque no nací en Cataluña; lo que digo intenta ser dicho desde el sentido común y la racionalidad. Los hay que me dicen: “Tú no eres nacionalista porque no eres catalán”. Y eso no es verdad. Yo no soy nacionalista porque me parece que el nacionalismo es un error garrafal y creo que es algo que hay que combatir, no porque no sea catalán. Y si alguien me convenciese de lo contrario me haría nacionalista y hasta independentista, pero nadie me ha convencido de lo contrario. ¿Que esta distancia viene dada, además, por el hecho de ser emigrante? Seguro que sí, pero es para bien.

Cuando publicó en 2009 Anatomía de un instante [por el que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa en 2010], declaró haberse quedado intrigado por la imagen de un Adolfo Suárez solo, sentado en el Congreso de los Diputados mientras las balas zumbaban a su alrededor el día del 23-F. ¿Parten siempre sus novelas de un enigma?

Esas imágenes, como cualquier español, las había visto infinidad de veces por televisión. Y, de repente, el año del veinticinco aniversario del golpe de estado las vuelvo a ver y me quedo atrapado. Había algo que no comprendía. Los golpistas ordenaban que todos se tiraran al suelo y lo normal era obecederles, y ese hombre se queda ahí, solo, imperturbable; esa imagen es extraordinaria. ¿Por qué? ¿Por qué se quedó ese hombre sentado entre las balas? Todo el libro es una investigación del porqué lo hizo. Sí, todas las novelas que yo amo contienen un enigma, un punto ciego: no sabemos por qué Suárez no se tiró al suelo, no sabemos si Don Quijote está loco o cuerdo, no sabemos por qué aquel soldado republicano no mató a Sánchez Mazas… Y todo lo que la novela quiere decir lo dice a través de ese punto ciego. Es decir, a través de la oscuridad, ilumina.

Lo que nos lleva a hablar de la figura del héroe, siempre presente en sus novelas.

El héroe de Anatomía de un instante es un héroe de la traición, que es muchísimo más valiente que ser un héroe de la lealtad. Los tres personajes principales del libro (Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo) al traicionar a los suyos, al traicionar su propio pasado totalitario, construyeron la libertad para España y se salvaron moralmente, ya que es mejor quedarse solo y ser justo que estar rodeado de gente y ser injusto; en eso consiste precisamente el heroísmo. Hace poco el diario francés Le Monde nos pidió a varios escritores que eligiéramos la palabra que considerábamos que definía nuestra literatura y yo no lo dudé: esa palabra en mi caso es “no”. Los personajes de mis novelas son hombres que en un determinado momento, y en el momento adecuado, dicen no. Hay un poema extraordinario de Kavafis que dice que “a ciertos hombres les llega el día en que deben dar el gran SÍ o el gran NO”. Y el que dice que sí se condena aunque parezca salvarse y el que dice que no se salva, aunque parezca condenarse… Y eso es lo que les ocurre a los héroes de mis novelas, que diciendo que no, se salvan. Porque, por supuesto, lo más difícil de todo es aprender a decir no.

En Soldados de Salamina, el narrador admitía no poder explicar la diferencia entre un buen escritor y un gran escritor. ¿Lo puede explicar ahora Javier Cercas?

El gran escritor es el que cambia la manera de ver el mundo del lector, aquel que es capaz de cambiar la vida de la gente. Ése es el gran escritor. Y después están todos los demás.

Texto: Ángela Iglesias Bada
Fotos: J.F.P. & Foire du Livre de Bruxelles

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