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Carmen Posadas: “Soy uruguaya por los cuatro costados porque no me gusta la gente que renuncia a sus raíces. Otra cosa es que le deba todo a España”

Aunque sea una quimera, en una tarde con Carmen Posadas podemos recorrer el mundo a mitades. Una escuchando sus largas estancias como hija de diplomático en Argentina, Inglaterra, España o Rusia. La otra sólo con leer las solapas de sus últimos libros.

En la literatura está su éxito y una pequeña decepción. “Quiero pensar que nadie es profeta en su tierra, pero en Uruguay no me siento tan reconocida”. Lo acepta con sentido del humor: “Comparto mucho la forma inglesa de acercarse a los problemas a través del humor y llegar a reflexiones que son terribles pero necesarias”. Como si de un libro se tratase, en ese peregrinaje de escenarios y sentimientos, aparece España, de la que habla agradecida y orgullosa.

Hace unos meses presentó su último libro, El testigo invisible, una historia en la que muestra a unos seres humanos, los Romanov, que se encaminan sin saberlo hacia la muerte. Por dedicación y documentación, casi se convierte en testigo directo en la Rusia de la Revolución…

Estuve seis meses documentándome a fondo, rebuscando y anotando todo aquello que me acercase a la idea de la novela que quería escribir. Casi todo ese tiempo lo pasé en San Petersburgo. Después estuve año y medio escribiendo el libro, con momentos en los que piensas que la historia que quieres contar no está encajando, todo ello conllevaba muchas noches sin dormir.

Uno de los detalles que más sorprende de la novela es su propia impresión de que la relación —que escandalizó a toda Rusia— entre la zarina Alejandra y Rasputín pudo transformar el mundo.

El zar Nicolás II, que estaba muy influenciado por su mujer, no se da cuenta que el mundo está cambiando. Uno de los errores que comete es apoyar a los serbios durante la I Guerra Mundial por un malentendido, lo que conlleva la muerte de millones de personas. Cuando se involucró directamente en la guerra dejó el poder en manos de su mujer —sin idea de cómo gobernar— y Rasputín —intuitivo pero analfabeto—. ¿Qué país dejas en manos de esta gente?

Sus libros han sido traducidos a veintitrés idiomas y publicados en más de cuarenta países, ¿el haber viajado y vivido en tantos sitios hace más fácil el reconocimiento literario?

España es el país en el que me siento más reconocida literariamente, pero cada vez más en Francia, Italia y Colombia, pero curiosamente en Uruguay cada vez menos. Quiero pensar que nadie es profeta en su tierra. Me encantaría poder decir que me siento reconocida en mi país, pero no es así. Hay países que se desapegan de la persona cuando el éxito se produce fuera. El único que se puede salvar en Uruguay es Diego Forlán, el futbolista, que sigue siendo un ídolo allá donde esté. Existen escritores, directores de cine, empresarios de gran valía que residen fuera de Uruguay a los que no se les da “mucha bola”.

¿Y por qué lleva el final de esta novela real y de ficción hasta su querido Uruguay?

Efectivamente, sitúo al anciano Leonid —el “testigo invisible” de la historia— en un hospital de Montevideo donde muere. Esta parte es inventada, pero es cierto que el personaje escribió unas memorias que se perdieron. A partir de ahí existen dos versiones, una que murió en Sudamérica. Precisamente en el norte de Uruguay hay un pueblo que está formado por todos los rusos que huyeron de la Revolución y llegaron aquí. Es más, hasta el día de hoy siguen hablando ruso y mantienen todas las costumbres, con sus casitas de madera como si estuviesen en la estepa.

Carmen Posadas

¿Hasta qué punto cree que su inspiración literaria está en la infancia que pasó en Uruguay hasta los 12 años? Lo digo porque en una entrevista la escuché decir que su mundo en Uruguay se quedó allí como un fantasma… y que éstos son muy buenos para los escritores.

Mi infancia la pasé en Uruguay y, aunque llevo muchos años en España, sigo teniendo muy fresca esa primera etapa de mi vida. La mayoría de la gente que nace en un país y sigue viviendo en él va “matando” los recuerdos porque vas añadiendo otros nuevos. Cuando emigras a otro país te queda por ejemplo el recuerdo de la casa en la que naciste, algo que creo que no ocurriría si siguiese en Uruguay. En mi caso, los pensamientos de mi infancia se han quedado congelados tal cual los dejé, imborrables. Para la literatura la infancia es fantástica porque eres capaz de recuperar los sonidos y los olores del pasado.

Nació en Montevideo, dejó Uruguay a los 12 años, incluso estudió en Inglaterra; llegó a casarse en Rusia y en la actualidad vive en España. ¿Dónde reside el alma de una viajera?

El alma está en cada rincón en el que he vivido, aunque siempre te diré que soy uruguaya por los cuatro costados porque no me gusta la gente que renuncia a sus raíces. Otra cosa es que le deba todo a España, entre otros motivos porque mi carrera la trabajé aquí, también tuve a mis hijas y mi marido también era español. Estoy orgullosa de ser uruguaya y agradecida a España.

Cuando a Carlos Gardel le preguntaron, ¿francés o uruguayo? reconoció que “mi corazón es argentino pero mi alma uruguaya porque allí nací”. Sobre su origen —incluso francés— se ha hablado mucho, pero ¿qué importancia ha tenido Francia para los uruguayos?

El francés era la lengua culta que se hablaba en Uruguay y era corriente en generaciones pasadas trasladarse temporadas a París. Mis padres, por ejemplo, se conocieron en París porque en aquella época pasaban la mitad de un año en Uruguay y la otra en Francia, incluso aquí iban al colegio. Uruguay ha cambiado mucho desde aquella época. Vivíamos en una casa enorme con un jardín “casi botánico” por el cariño que tenía mi bisabuelo a las plantas, pero… mi familia empezó a arruinarse cuando yo nací, era la nueva pobre.

¿Considera que Rusia es el lugar más exótico donde ha vivido?

Rusia es el país más pintoresco que he conocido. Cuando nosotros vivíamos allí era la época de la Unión Soviética, algo parecido a estar en una película de espías. Nuestra casa estaba llena de micrófonos, y como todo funcionaba muy mal en ese país, a veces estos se estropeaban y escuchabas a las cuatro de la mañana las conversaciones subidas de tono del personal de la Central. Un caos. Por lo demás, he vivido momentos muy emotivos como mi boda con Rafael Ruiz del Cueto en la iglesia de las Colinas de Lenin (Moscú) en la que tuve que cumplir con la tradición soviética de depositar el ramo de novia en el mausoleo de Lenin.

Entre tantas culturas conocidas, el sistema de integración no habrá sido el mismo. ¿De quiénes debemos aprender los españoles?

Comparto la frase de que la única manera de hablar de las cosas serias es hacerlo en broma. Comparto mucho la forma que tienen los ingleses de acercarse a los problemas a través del humor y llegar a reflexiones y conversaciones que son terribles pero necesarias. En España me he encontrado que el humor se considera un subgénero.

Una vez leí que es uruguaya y mujer, “de modo que sigo con interés las actuaciones de las mandatarias latinoamericanas”. ¿Interés o preocupación por lo que contempla?

Estando de trabajo en París observé en la televisión una intervención de Cristina Fernández [de Kirchner]. La reflexión que hice fue que ella, lejos de prescindir del apellido de su marido, como haría cualquier mujer segura de su peso específico, a veces lo utiliza como reclamo. Comentaba también en un artículo que es lógico que las primeras mujeres convertidas en mandatarias adoptasen patrones de conducta masculinos. No tenían más remedio que ser más hombres que los hombres y así lo entendieron con gran éxito Golda Meir y Margaret Thatcher, por ejemplo. Pero desde entonces son muchas las que han gobernado y muy bien con patrones de conducta femeninos como Michelle Bachelet o incluso Angela Merkel. O Dilma Rousseff, de Brasil, o Laura Chinchilla, de Costa Rica que, pese a las dificultades, han sabido ganarse el respeto de sus electores.

¿Alguna vez llegó a tener más que curiosidad con el trabajo que desempeñaba su padre y todo lo que rodeaba a la diplomacia?

Nunca se me ocurrió desarrollar mi vida personal en ese sentido, entre otros motivos porque es una profesión fatal para las mujeres. Hay que tener en cuenta que los cónyuges de los diplomáticos no pueden trabajar en el país en el que viven. Imagínate, ¿qué marido te acompañaría si te mandasen a Kuala Lumpur? Tal vez sólo si eres escritor [risa cómplice de Carmen Posadas].

Carmen Posadas

Aunque reside en Madrid desde 1965, ha pasado largas temporadas en Moscú, Buenos Aires y Londres. Ser hija de un diplomático tendría sus privilegios pero también sus inconvenientes.

Muchos. Por ejemplo siempre tenía que decir a dónde iba. Era impensable coger yo sola el coche sin tener a dos motoristas al lado. A veces tenía la sensación de estar viviendo en un estado policial. No hablar ruso pudo ser el principal inconveniente que encontré entre los destinos a los que acudí por el trabajo de mi padre… aunque mis hermanas llegaron a ir a una clase donde les enseñaban a montar y desmontar un kalashnikov.

Siempre ha querido tratar con respeto y cercanía a los lectores, pero confiéseme si la humildad no entiende de nacionalidades entre los escritores.

Un pecado muy habitual entre los escritores es la soberbia porque todos tenemos un ego muy grande de querer ser Dios. Parece que uno no se conforma con la realidad, sino que desea moldearla e imitar al creador. Si por mí fuera estaría corrigiendo mis libros hasta el juicio final, por eso nunca los leo. No quiero que me ocurra como a Gabriel García Márquez, que en un tren llevaba un libro para un amigo y, al no tener nada que leer, se puso a ojear el suyo… Cuando llegó estaba todo tachado, cambiado y con páginas arrancadas.

Por cierto, repasando escritores, pertenece a una generación cada vez más prolífera de autores que nacen en un sitio y se convierten en escritores en otro. ¿Estamos ante una tendencia o una realidad que traspasa a otras profesiones?

Quiero pensar que es un poco producto de la globalización. Antes se nacía y moría en el mismo sitio, ahora llegas a nacer en un país, estudiar en otro y no decides regresar a tus orígenes sino prolongar esa aventura, esa maravilla que es conocer otras costumbres y países. Para la Literatura es muy bueno porque te da una visión muy cosmopolita de las cosas.

Texto y Fotos: Miguel Núñez Bello

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