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José Ramón da Cruz, productor y director de cine: “Mis recuerdos de Tánger eran 'daguerrotipos' exagerados"

Hispano-tangerino, dejó su ciudad natal para venirse a Madrid con toda su familia, cuando tenía 8 años. Su documental "Mapa emocional de Tánger" ofrece el pasado y el presente de una cuidad que transpira cultura andaluza en sus más bellos rincones.

Cineasta y documentalista, vídeo-artista, José Ramón da Cruz (Tánger 1961) trabaja como director, guionista y productor en Cine y Televisión, además de realizar publicidad. Entre sus obras: “Tangernación”, “Historia de una foto”, “Los que quisieron matar a Franco” (estas, en colaboración con el director y productor Pedro Costa), “El rigor del obrero del metal”, “Años de gloria”… en vídeo-arte ha dirigido y producido: “Los ejercicios de Visconti”, “Suicidio del arcángel san Gabriel”, “Amstrong”, “El hijo puta”, “Rocambole”… Su Tánger natal es una referencia mítica.

–Apenas tiene recuerdos de Tánger, y sin embargo se planteó hacer un docu-mental sobre su ciudad natal… ¿Qué quería recuperar o se trataba de un estado emo-cional porque intuía que te faltaba algo?

La idea del documental existió casi desde mi llegada a Madrid, cuando tenía ocho años. Recuerdo los primero guiones: “Tánger 33 Delirium”, “Hábitat”, “Tánger / Hinde-mith”… Venir a Madrid, para mis hermanos y para mí, fue como una epifanía, algo glorioso; lo contrario que para mis padres, para los que fue una derrota anunciada. Sin embargo, en lo audiovisual, el viaje fue otra cosa que se quebraba en el Estrecho, donde dejabas los delfines y te instalabas en otra realidad: Algeciras en diciembre, el tren gris y su larguísimo trayecto nocturno lleno de voces grises, la llegada a un Madrid gris y frío donde nos acogieron unos tíos que eran guardeses de la fábrica de aceites Bau en Pacífico –no sé ahora, en su tiempo el barrio más feo y gris de Madrid–

–El cambio debió de ser brutal…

Vivimos unos tres meses en la casa de la fábrica de aceite, una casa oscura con un patio oscuro que olía a aceite, en un barrio oscuro, yendo a un colegio gris… gris, gris, gris. Lo que había dejado era la luz, la playa, los espacios, las flores… Todo eso había ocurrido en menos de una semana. Puede que eso fuese un sedimento, en la necesidad de contar. Se me fue creando una fascinación porque mis recuerdos eran “daguerrotipos”, exagerados… tenía una imagen impresionista y expresionista de Tánger (se puede) y luego estaban las cosas que me contaba mi madre y que están, de mil formas, en el documental. Eso fue lo que definió esa obsesión. Me encantaba la capacidad de mezclar tragedia y humor en una sola frase. Eso está en el capítulo de Calle de la Marina. Mi madre era una mujer hiperfóbica, tenía miedo de los ascensores, los autobuses llenos, el metro, atragantarse comiendo…

–¿Qué significó Madrid, la gran metrópolis?

Yo vivía una vida paralela, que era mi vida oficial: Madrid, la movida, el videoar-te… pero en esa memoria, cada vez entraban más cosas de Tánger: los Bowles, Genet, Burroughs, Chukry y otra gente que admiraba, que habían estado en el momento justo en un pequeño punto magnético llamado Tánger… Pero nunca me dio la sensación de que me faltara algo. Sentía que había un material impresionante para contar cosas y yo estaba en esa primera línea, lo podía contar desde fuera pero casi desde dentro. De alguna forma en Madrid me fui convirtiendo en una especie de humilde corresponsal en la historia del Tánger internacional. No era protagonista, ni mucho menos, pero tenía un puesto de vista inmejorable. Ya cuando se decidió hacer el documental fueron apareciendo la gente que estaba en aquel aire, Sanz de Soto sobre todo. Y en toda aquella gente había cosas admirables…

–¿Sufrieron mucho por la expatriación…?

En general la gente “repatriada” de Tánger es conservadora, pero no es el conser-vadurismo franquista porque no lo vivieron. No es una gente que se sienta desplazada por una ocupación, es gente que no tiene ningún rencor hacia Marruecos ni su gobierno, gente que ha asumido muy bien la historia y que de alguna forma, aunque se sientan muy españoles o no, tienen un perfil apátrida extraordinario que los hace muy muy tolerantes.

–¿Cómo afectó a su familia, padres y hermana, dejar Tánger y pasar de una ciudad mágica a un Madrid gris, oscuro....? ¿Por qué cree que los recuerdos que su hermana tiene de Tánger son más fuertes que los suyos, si la diferencia de edad no es tan grande?

Cada miembro de la familia reaccionó de una forma distinta porque era volver a un sitio que no existía, es decir era una perversión de la idea de “vuelta”. Mi padre, que era de Madrid pero había ido a Tánger siendo adolescente, tenía su familia y amigos aquí, pero pasó de dirigir una fábrica en Tánger a ser representante de lejía La Primera (o algo así) y murió (a los 54 años) siendo conserje. Mi madre, que nació en Tánger de familia andaluza y portuguesa nunca superó el viaje (tenía 40 años cuando lo hizo) y murió joven también, perdió la cabeza y solo recordaba cosas de Tánger. Mi hermano mayor se despegó de esa memoria y se asimiló enseguida. Mi hermana que solo tiene 2 años más que yo tiene una nostalgia tremenda (y se vino con 10 años). Yo creo que la diferencia es que yo me encontré con unos paraísos artificiales –el Madrid de los Años 70 y 80– que ella no tocó. Digamos que yo encontré en Madrid una prolongación natural de ese Tánger primigenio que estaba en mi cabeza, pero no tanto en la vida cotidiana. Yo admiraba de Madrid su historia heroica y esa forma de acoger a la gente; aunque en los primeros momentos, ese Madrid fuera lo más gris.

–¿Debería España ampliar su presencia en la ciudad, recuperar su influencia?

La influencia de España en Tánger –social más que culturalmente– ha sido enor-me. Y todavía sigue siendo importante, aunque los franceses en eso se manejan mejor. El caso emblemático es el del Teatro Cervantes donde la iniciativa de jóvenes marroquíes, españoles y algunos franceses quieren recuperarlo como centro cultural. Es una oportuni-dad enorme. La asociación Al Boughaz, una asociación de intelectuales tangerinos marroquíes trabaja mucho y bien en conservar el legado urbanístico y cultural de aquellos años. Tánger es muy española (es andaluza, pero también es catalana) y muy marroquí desde el punto de vista tangerino. Hay que citar también al Instituto Cervantes excelentemente llevado por Cecilia Fernández que es una integradora hispano-marroquí admirable.

Texto y fotografías: Pablo Torres

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