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Raquel Meller: la voz luminosa del cuplé

Durante los años 20 y 30 del siglo XX, el embrujo mágico del arte de Raquel Meller hechizó a públicos de todos los continentes y provocó palabras de admiración de algunos de los más destacados escritores y artistas de su tiempo.

Raquel Meller nació entre un día de febrero de 1908 y el 16 de septiembre de 1911. La primera es la fecha de su debut en el salón La Gran Peña, cuando aún se llamaba La Bella Raquel, la segunda la de su deslumbrante presentación en el Teatro Arnau de Barcelona. Durante los 20 años anteriores había vivido como Francisca Marqués López, nacida el 9 de marzo de 1888 en el Barrio del Cinto de Tarazona, Zaragoza, hija del herrero de la Venta de la y de una dependienta de ultramarinos riojana, empujados luego a emigrar a la pujante Cataluña decimonónica.

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Raquel en una de sus primeras actuaciones (1909)

Los primeros años del siglo XX son testigos de sus primeras actuaciones, casi siempre de carácter picaresco y acompañada de su hermana menor (que luego se haría llamar Tina Meller), por diversos teatros de segunda fila del Paralelo barcelonés. En la segunda década del siglo, su belleza esquiva, una voz educada, los ojos seductores y su genio como actriz hicieron de ella, en palabras de su biógrafo Javier Barreiro, “la principal figura del espectáculo en España y referencia constante en la prensa y en la vida cotidiana”, sin duda uno de los mitos de la canción popular y del cine mudo español.
 

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Otra de sus primeras apariciones en escena

Desde que en 1912 graba los primeros discos, su éxito es tan rotundo que el género del cuplé se identifica con su nombre y dos de las más de 400 canciones que interpretó, El relicario (de Oliveros, Castellvi y Padilla) y La violetera (de Montesino y Padilla), se convirtieron en temas universales. En 1919 estrena su primera película, “Los arlequines de seda y oro”, se casa con el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (nacido Tible) y comienza su irresistible aventura internacional en París.

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Portada de Cine Miroir en los años 20

Asentada en la capital francesa, durante los años siguientes compaginó los escenarios teatrales con los platós de los estudios. Tras el éxito de su espectáculo en Argentina, Uruguay y Chile, en 1926 hizo una gran gira por los Estados Unidos, recorriendo Nueva York, Filadelfia, Chicago, Boston, Baltimore y Los Ángeles. Su actuación en el Empire neoyorquino es para muchos la cima de su carrera: en su despedida el telón se levantó veintitrés veces y hubo que apagar las luces para que el público abandonara el recinto.

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Portada de la revista "Mon cine" (1925)

Entre sus películas destacan La rosa de Flandes (1922), Violetas imperiales (1923) y La tierra prometida (1924), de Henry Roussel, Ronda de noche (1925) de Marcel Silver y Carmen (1926), de Jacques Feyder. En Hollywood rodó varios cortometrajes con canciones y Chaplin le ofreció sin éxito interpretar el papel principal en su película Luces de la ciudad (de hecho sí incorporó la melodía de la canción La Violetera de José Padilla). Tras la consolidación del cine sonoro sólo intervino en una nueva película, una nueva versión de Violetas imperiales (1932), también con Roussel. La Guerra Civil interrumpió el rodaje de Lola la de Triana.

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Cartel promocional de "Los oprimidos"

Durante estos años de esplendor, de los que ella misma dijo “por encima de mí misma, el mayor orgullo, el máximo aliciente de mi vida es haber podido ser digna representante del arte español fuera de nuestras fronteras”, Raquel sucumbió a los caprichos y veleidades típicos del divismo. No en balde sus ingresos y popularidad e ingresos se emparejaban, sino superaban, a los de estrellas como Carlos Gardel, Sarah Bernhardt, Isadora Duncan, Maurice Chevalier o Josephine Baker. Reside en hoteles suntuosos y compra un palacio en Versalles, una quinta en Villafranche-sur-mer y un chalet en Ciudad Lineal. Decora sus residencias decoradas con objetos procedentes de casas reales y numerosas obras de arte (Rodin, Carrière, Renoir, Toulouse-Lautrec, Matisse, Picasso, Sorolla) y hasta un piano que había sido de Mozart. En Francia y en Estados Unidos llegó a tener trayectos ferroviarios libres, cuando viajaba con su tren particular en el que figuraban tres cocineros. Neurótica y orgullosa, conflictos y polémicas con empresarios, artistas, directores de cine, colegas, periodistas y personas cercanas jalonaron su vida y su carrera.

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Raquel en "Violetas imperiales"

Tras la Guerra Civil (que pasó en su mayor parte en Argentina) y la Segunda Guerra Mundial, todavía forma con éxito espectáculos propios durante algunos años y aparece como figura invitada en suntuosas revistas de los años cuarenta, pero, como señala Barreiro, “ya es un protagonismo nostálgico y sentimental”. En los años 1950 sus reapariciones son meramente episódicas. En 1962, tras una caída y con una dolencia cardiaca, muere en el hospital de la Cruz Roja. Su entierro y la inauguración de un monumento en el Paralelo barcelonés fueron multitudinarios.

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Portada de Cine Miroir de marzo de 1926

Aunque su matrimonio con Enrique Gómez Carrillo, diplomático y escritor guatemalteco, apenas duró unos meses, entre el 7 de septiembre de 1919, día de su boda en Biarritz, y febrero de 1922, el entonces afamado cronista (había tenido un romance con Mata-Hari) tuvo tiempo de dedicar a su esposa un pequeño librito de homenaje con dibujos del entonces reconocido ilustrador y cartelista Carlos Vázquez y testimonios de intelectuales de la época (Manuel Machado, los Álvarez Quintero, María Guerrero, Amadeo Vives,…).

Destaca la agudeza del comentario de Jacinto Benavente: “El arte de Raquel me sugiere siempre la misma pregunta: ¿Dónde habrá aprendido este ángel tanta diablura?”.

J. Rodher
Fotos: BNE y Hostal Santa Agueda (Tarazona)

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