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Bacaladeros en el fin del mundo

José Ríos, pontevedrés de Bayona, pone a disposición de los lectores de Carta de España un puñado de fotografías y de recuerdos de las peripecias de los bacaladeros gallegos por las frías costas de la isla Saint Pierre, al sur de Terranova, en Canadá.

Pepe, Antonio, Martín, Urbano, Chicho, José; Luis, Valerio, Freire, Manolo, Clemente, Xosexiño, Luis, Emilio,… eran los nombres de aquellos marineros de Bueu, Noia, Vigo, Puerto de Son, Guixar, Chapela,… que, a razón de 21 por barco, hacían la ruta de ocho días que los llevaba dos o tres veces por año a pescar bacalao en el cantín del este durante tres a cuatro meses por campaña.

Mediada la década de 1920, pescadores vascos y gallegos pusieron proa al Gran Banco de Terranova. El vapor “Melitón Domínguez”, de Panjón (Pontevedra), y los arrastreros “Alfonso XIII” (luego “Hispania”) y “Euskal Herria” de la donostiarra empresa PISBE fueron pioneros en la pesca industrial de bacalao, siguiendo los pasos de los buque franceses que faenaban ya por esas aguas desde principios de siglo. Ya en los cincuenta, Rodeira y Rande fueron la primera pareja de barcos que volvieron a estos mares, seguidos luego por docenas de pesqueros desde Pasajes o Vigo.

Bacaladeros en Terranova (2)

Grupo de marineros en Saint Pierre

Los arrastreros eran pesqueros de unos treinta metros y hasta sesenta toneladas que faenaban en pareja, con copos, redes de arrastre, de varios cientos de metros que era izadas desde ambos buques para ampliar el espacio de arrastre y captura y podían llegar a almacenar en sus dos bodegas hasta 300 toneladas de bacalao. Sólo uno de los buques llevaba radar y controlaba las maniobras.

“Como eran barcos cerrados hasta el puente, estabas siempre a la intemperie –recuerda José–, hablabas como podías, porque había temperaturas de 20 grados bajo cero y estabas hasta 12 ó 14 horas en cubierta. Una vez en 60 días no baje al catre a dormir ni me cambie de ropa. De vez en cuando un hombre traía una cafetera con vino caliente o una garrafa de coñac saltaparapetos, para poder aguantar tantas horas a esas temperaturas”. Aunque no tan dura como las Malvinas, Terranova era un entorno crudo: “el peor mes era marzo, por el temporal, las nieves, el frío; había que poner el buque a capa, porque si no está bien lastrado, viene un golpe de mar y deja medio metro de arena en la cubierta; febrero es mes de nieblas pero hay calma y bastantes peces; y en abril ya empieza el deshielo”.

Bacaladeros 05 D

En la taberna de Alicia, en Saint Pierre

"Una vez, un marinero de Bueu, Pepe, estaba de guardia y al pasar por la escalera hasta el motor se cayó a consecuencia de un balanceo. Como Saint Pierre estaba bloqueado por el hielo, hubo que dar la vuelta a la isla, botar el bote y llevarlo herido a tierra apartando y picando bloques de hielo”.

El caladero situado a seis millas saliendo fuera Saint Pierre era tan enorme que en esos años (1960 a 1963) llegaba a haber 40 ó 50 parejas de barcos en la misma playa, rusos, franceses, japoneses, con sus copos a una profundidad de entre 60 y 100 brazas (es decir, entre 100 y 180 metros). “En la Isla de Sable, al oeste de Saint Pierre, como a 20 horas de navegación hacia Canadá, había también buen bacalao alrededor de 50 ó 70 brazas de profundidad”.

Bacaladeros 09 B

En lucha contra los elementos

Pepe, como todos aquellos tripulantes gallegos, considera la isla de Saint Pierre casi como un trozo de su tierra, y recuerda en especial la cantina de Alicia. “Alicia era la dueña del bar del Norte en Saint Pierre, hablaba español, era muy amable con nosotros, nos daba sobres y papel de escribir,...”. Saint Pierre era entonces un pueblito pequeño, con 5.000 habitantes entre las dos islas, con un campo de aviación pequeño, para avionetas de 60 pasajeros y un antiguo barco foquero de madera que cada ocho días hacía la ruta desde Canadá o desde Saint Johns a Saint Pierre.

Pepe comenzó a faenar en la mar de rapaz a los 13 años en una lancha de ocho remos de 18 cuartas de largo por banda, y con 15 ó 16 años se fue ya “de hombre”, no de rapaz, a Cangas, para trabajar en un barco de pesca. Retirado como contramaestre, disfruta de su jubilación en Darbo (Pontevedra) y desde allí cuenta para Carta de España su historia: “Yo sólo hablo de lo que me paso a mí”.

J. Rodhe

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