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Españoles en Hawai

Entre 1907 y 1913 alrededor de 8.000 españoles fueron a trabajar en la recolección de la caña de azúcar en el archipiélago de Hawai

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A principios del siglo XX, la penuria en el campo español llevó a numerosos agricultores, especialistas en el cultivo de la caña de azúcar, a soñar con un futuro mejor. Más de 8.000 inmigrantes españoles, partieron para el lejano archipiélago de Hawai, atendiendo las promesas norteamericanas. De aquel archipiélago del Pacífico se solicitaban hombres de 17 a 45 años y mujeres de no más de 40, el salario también era superior para los hombres, el pasaje era gratuito y en destino también incluía el alojamiento. Además de los jornales, se prometía a los emigrantes una casa valorada en 500 dólares, una parcela para huerto, escolarización gratuita y libertad de contrato laboral.


Con Hawái anexionado a Estados Unidos, los nuevos ocupadores de las islas esperaban ansiosos a estos emigrantes para el cultivo de la caña de azúcar. Hasta entonces la mayoría de los trabajadores eran asiáticos: japoneses, chinos y filipinos. “Por motivos no exentos del racismo de la época, los plantadores de caña de azúcar querían blanquear y estabilizar la mano de obra en el archipiélago, mediante el reclutamiento activo de familias enteras de gente de extracción europea. Las buscaban para colonizar definitivamente las islas. Querían familias “blancas” con conocimiento del cultivo de caña de azúcar; y por ello volvieron los ojos a Portugal (Madeira y las Azores), Puerto Rico, y el sur de España (Granada y Málaga en particular)”, explica James Fernández, profesor de Literatura y Cultura españolas en Universidad de Nueva York. Él, junto con el periodista Luis Argeo, rastrean todos los pormenores de esta historia.


Hawai era un territorio poco poblado dedicado fundamentalmente a la caña de azúcar y a la piña tropical que se anexionó a Estados Unidos en 1898. La recolección la habían realizado en los últimos años del siglo pasado los inmigrantes asiáticos, sobre todo japoneses. Ello llevó a que 61.000 de los 154.000 habitantes del archipiélago fueran japoneses frente a apenas 38.000 nativos. Cundió entonces la idea del peligro amarillo, lo que, entre otras cosas dio pie al nacimiento en San Francisco, allá por 1905, de una asociación anti-asiática que llegó a contar con 80.000 miembros. Contra esa supuesta invasión desde Asia, la Board Inmigration of Hawaii (Consejo de Inmigración de Hawai) ideó en 1906 una campaña para atraer mano de obra de procedencia distinta de la asiática; así, encargó una campaña publicitaria a una compañía londinense que distribuyó, sobre todo por Andalucía, folletos con deslumbrantes descripciones de las islas y de las condiciones de trabajo y, sobre todo, insistía en que el viaje desde España hasta Hawai -53 días de duración media- sería gratis para todos los menores de 45 años."

Hawai Emmigrant poster

Cartel publicitario utilizado de reclamo para captar trabajadores


Los emigrantes al llegar pasaban un periodo de cuarentena. Después, la Asociación de Plantadores de Caña colocaba a las familias según las necesidades de trabajo. “Examinaban las manos de todos. Si eran fuertes, los contrataban para el campo. Si eran manos más delicadas, los destinaban a trabajos no comerciales”, narra Yvonne, descendiente de aquellos trabajadores. Su abuelo llegó a ser capataz de la fábrica de azúcar. A todos les ofrecían una cabaña con dos dormitorios, cocina y salón. Los hornos y los aseos eran compartidos con otras familias.


La Sugar Planters Association, enfrentada a una escasez de mano de obra, se aplicó enérgicamente a la importación de trabajadores. En 1907 tenían agentes en Málaga, realizando numerosos trabajos de reclutar agricultores españoles, que era también zona de producción azucarera, con destino a Hawai. Distribuyeron prospectos que anunciaban «emigración con pasaje gratuito al estado de Hawai. Fueron famosas las expediciones de los barcos: Heliopolis, (desde Málaga), Willesden, Osteric y Harpalion, ( desde Gibraltar ), que podían trasladar hasta más de 2000 personas, cada uno, entre los año 1906 y 1913 , la mayoría de los españoles fueron originarios de Málaga, Almería, Granada, Jaén, Alicante, Extremadura y Salamanca.


Acudían a la oficina del encargado de revisión, D. Carlos Crovetto en calle de Ríos Rosas (antes Cañón) num. 3 de Málaga, junto a la Catedral, pero a buen seguro pronto conseguirían fletar el primer buque para Hawai. Así, el 10 de marzo de 1907 zarpa del puerto de Málaga el buque SS Heliópolis, una nave de dos mástiles que había llegado desde Cardiff el día antes al mando del Capitán Kelly. A bordo viajan en total 2.246 andaluces y portugueses, 608 hombres, 554 mujeres y 1.084 niños. 3 Mujeres y 9 niños morirían durante el trayecto. El 26 de abril llegó a Honolulú, Hawai, tras 47 días de viaje considerados entonces como una buena marca. Se registraron a la llegada 7 de casos de sarampión y 2 de paperas.


A Hawai llegaron siete barcos en total cargados de inmigrantes portugueses y españoles, como el Willesdem, que zarpó de Gibraltar, hizo escala en las Azores y llegó el 3 de diciembre de 1911 con 1797 emigrantes en un primer viaje. Otros buques con origen en Gibraltar como el Osteric, con 1.451 pasajeros, 547 hombres, 373 mujeres y 531 niños, llegando el 13 de Abril de 1911 a Hawaii. El buque Harpalion, que zarpó de Gibraltar y llegó el 16 de abril de 1912 con 1.450 inmigrantes a bordo, 96 hombres, 328 mujeres y 626 niños. El segundo viaje que realizo el barco S.S. Willesdem con 1358 inmigrantes que llegan el 30 de marzo de 1913.
Ya en 1914 habían marchado de Hawai 7.735 españoles, la mayoría, al parecer, trabajadores sin tierra y antiguos pequeños propietarios que la habían perdido. Allí permanecieron algo más de 1.000. El resto se trasladó a California, donde las plantaciones de frutales de los valles de Vaca y Santa Clara ofrecían unas relaciones laborales menos burocratizadas y más personales que las de las plantaciones de Hawai.

Hawaii,_c._1900_

Rocklin, en California, fue el destino final de la gran mayoría de españoles procedentes del Pacífico

 

Las familias eran destinadas entre las diferentes plantaciones, la vida en la plantación era demasiado restrictiva y a algunas familias no les gustaba aquella sociedad dividida en compartimentos. Juan Machado Grima, historiador y profesor, ha estudiado en profundidad esos años y esos viajes, entre otras cosas, porque uno de los que hicieron el viaje y ya nunca volvieron fue Gregorio Machado, su tío abuelo, cuya biografía es similar a la de la mayoría de los que se fueron. Gregorio, recaló en Honolulú, capital del archipiélago, en 1911, con 35 años y con María, su mujer, y sus dos hijas, Francisca y María, que murió meses después del difícil viaje; de allí, Gregorio, nacido en La Calahorra (Granada), desencantado de lo que encontró, partió como tantos otros hacia California, donde trabajó en varias labores, el ferrocarril entre otras, y donde, al final, se hizo granjero. Se instaló en Winters y tuvo cinco hijas. Állí, en el Valle de Sacramento viven aún varios nietos de Gregorio y muchos descendientes de aquellos pobres que quisieron dejar atrás la miseria. Pero, casi siempre, dejar atrás la miseria obliga a vivir situaciones casi tan duras como las que se intentan olvidar.


La historia de esos 7.000 emigrantes, sobre todo de Almería, Granada y Málaga, que sigue a continuación es, como ocurre siempre, la historia de las promesas incumplidas y de las expectativas no alcanzadas. El excelente estudio de Juan Machado, el sobrino nieto de Gregorio, es el soporte sobre el que se construye la historia de estos aventureros a la fuerza. La historia de la emigración es una constante en España. Mientras ahora cientos de jóvenes, cualificados, dejan el país en busca de oportunidades, en 1907 muchos andaluces se vieron obligados a emigrar. La meta era la misma. No se trataba de vivir una aventura, sino de sobrevivir.
Aunque en aquellos años la emigración de españoles a países de habla hispana se criticaba como fracaso del Estado, hacerlo a un territorio tan lejano, poblado principalmente por personas de origen asiático, y regido por Estados Unidos, provocó aún más consternación e indignación entre los comentaristas de la época. En total, entre 1907 y 1913, se calcula que unos 8.000 españoles fueron hasta la isla del Pacífico en busca de un mejor porvenir. El trabajo no era escaso, pero sí el salario; por 24 dólares de la época por familia al mes, los inmigrantes debían cortar caña o trabajar en una fábrica, durante 10 o 12 horas cada día. Machado Grima cuenta cómo los trabajos se hacían en cuadrillas de 50 personas siempre vigilados por un capataz, generalmente japonés o portugués, quienes se encargaban de que allí no se perdiera un segundo charlando o liando un cigarro.


Así las cosas, con salarios que el propio cónsul español en la isla reconocía insuficientes, quienes habían llegado desde las tierras españolas decidieron
dejar la isla y poner rumbo a California. Muchos se marcharon al terminar sus contratos, pero otros se fueron antes. Allí, con un clima y unos cultivos parecidos a los que habían dejado años atrás en su tierra natal, muchos se establecieron en San Francisco, para luego dar el salto a otras localidades.
Rocklin, un pueblo de 30.000 habitantes en California, que nació para dar cobijo a emigrantes irlandeses que llegaron para construir el ferrocarril, a los que en 1870 se unieron chinos y finlandeses, fue el destino final de la gran mayoría de españoles procedentes del Pacífico. Según los datos de Juan Machado, la mayoría acabó por convertirse en propietarios de ranchos y haciendas y acabaron por integrarse totalmente en el país. Hoy, ochenta años después, el club español de Rocklin sigue manteniendo el recuerdo y la cultura de quienes dejaron su hogar en busca de una dignidad que su propia tierra les negaba.

Carlos Piera

 

 

 

 

 

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