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Marcelino, el niño que soñaba con pelotas eléctricas

Este hijo de emigrantes asturianos ha pasado de puntillas por la historia del deporte, pero se adelantó cincuenta años a los postulados del fútbol moderno. Una lesión prematura desahució al campeón de América y engendró al entrenador visionario

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Nació en Inglaterra, en las reuniones de la Taberna Freemason’s, pero el fútbol vivió sus años más felices, la platónica infancia, en barrios que se llamaban Peñarol o Pocitos, junto al Río de la Plata, donde los marinos del imperio británico desembarcaron en el siglo XIX con el ingenio del ferrocarril y la idea de un dios nuevo. Era el mejor de todos los que había conocido hasta entonces la civilización occidental porque no pedía nada a cambio de profesar su credo: solo un inofensivo e hipnótico hedonismo. De los atributos del dios viejo, cuyo certificado de defunción, dicen, firmó Nietzsche poco después en Alemania, el fútbol solo se quedó uno: la forma de la esfera, que había sido desde el nacimiento de la Filosofía también la forma de la divinidad, de la perfección, del universo.

A principios del siglo XX las irregulares esferas hechas de goma y trapo conquistaron la tierra de nadie del progreso industrial rioplatense: eran las grandes extensiones de baldíos que separaban los nuevos barrios de la flamante capital de Uruguay, todavía fragmentada. La pelota los unió a todos como un anillo único. Fue así como Montevideo se convirtió en un campo de fútbol con casas. Y mientras el pequeño país austral se ganaba el apodo de Suiza de América, el fútbol empezó a robar el tiempo de la escuela a felices niños en alpargatas, la mayoría hijos de emigrantes europeos, a los que el fútbol honraría muchos años después, cuando crecieron, y aquel divertimento devino en profesión, y luego en espectáculo de masas, con las victorias de Uruguay en los primeros campeonatos futbolísticos globales: las Olimpiadas de 1924 y 1928; el primer Mundial, en 1930; y el Maracanazo como colofón que selló para siempre su infancia en el 50.

Marcelino Pérez fue uno de aquellos niños: “Me acuerdo que en aquella época los caramelos traían unas figuritas con los campeones del 24, muchos de los que después llegaron a ser compañeros míos. Hubo una huelga estudiantil y dejamos la clase. Con un montón de compañeros nos fuimos al Parque Central, donde entrenaba la selección uruguaya. Era nuestra máxima aspiración ver de cerca a los ídolos, tocarlos, hablarles”.

Había nacido en Buenos Aires en 1912, pero a los tres meses estaba ya en Montevideo. Era criollo, hijo de un matrimonio de emigrantes del occidente de Asturias que había cruzado el charco no para vivir mejor, ni para vivir de otra manera, sino para empezar a vivir: con urgencia. En los corrales de las casas más ricas de la España que dejaron atrás sus padres, Marcelino Pérez y Asunción Jardón, una España de familias numerosas, mayoritariamente analfabeta, de agricultura de subsistencia, había un cesto lleno de espigas de maíz. Cada vez que asomaba uno de los numerosos mendigos que cruzaban la comarca le obsequiaban con una o dos mazorcas, que luego intercambiaban por comida en los mercados.

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Los bisnietos de aquella generación recuerdan historias donde los hombres labraban con el yugo en sus hombros, tirando junto a un buey; padres que caminaban 300 kilómetros para cortar el trigo castellano con las manos; adolescentes que se disfrazaban de adultos para engañar a los capataces de las canteras. Los jóvenes tenían dos opciones: quedarse y esperar un golpe de suerte o, si podían reunir el dinero suficiente, que luego tendrían que devolver, como sucede ahora con los flujos de inmigrantes hacia Europa, marcharse a América. “Mis abuelos llegaron a Buenos Aires a finales del siglo XIX. Eran comerciantes. En esa época tenían un restaurante y un café en la calle Pagola, en Pocitos, cerca de la costa”, relata por email a Carta de España la historiadora Cecilia Pérez, una de las dos hijas de Marcelino. Su hermana, Silvia, es periodista, siguiendo la última estela de su padre.

Todo equipo de fútbol cuenta en su historia con un gol iniciático al que acuden las nuevas generaciones de aficionados a mendigar la gloria del pasado. El Manchester United regresa al minuto 92 de la final de la Copa de Europa del 68, cuando George Best tumbó al portero del Benfica para encarrilar la victoria en su primera Champions. El Real Madrid a la final de Hampdem Park, en 1960, donde 127.000 almas vieron a Di Stefano marcar tres goles convertido en un ángel. El Barça vuelve al argumento de autoridad de Ronald Koeman en el 92. Y el Santos a la tarde en que Pelé marcó en Maracaná, de penalti, tras una paradinha, el gol número mil de su carrera.

El Nacional de Montevideo regresa al gol de la valija. Marcelino estaba en el campo. Tenía 23 años; ocupaba la posición de half izquierdo. Sobre el césped se había convertido en una figura indiscutible e imponente: un carrilero desgarbado, rubio, muy alto, dueño de la elegancia plástica que vertebra la mejor tradición de jugadores uruguayos, futbolistas que luego se llamarían Juan Schiaffino, Jorge Manicera, Enzo Francescoli o Edinson Cavani. Era el año 1933: Peñarol y Nacional, los rivales eternos, se jugaban a cara de perro la liga de ese año, que sigue siendo el campeonato más largo de la historia del fútbol.
¿Por qué la temporada del 33 no terminó hasta el invierno de 1934? Entonces no existía el golaveraje, y era posible que dos equipos compartiesen el primer puesto al final de la liga. La solución era jugar un partido de desempate, pero Nacional y Peñarol se empeñaron en terminar en tablas, citándose para el 27 de mayo del año siguiente, cuando ocurrieron los extraños sucesos del gol de la valija. En el minuto 25 de la segunda parte, con el marcador igualado, un ataque de Peñarol terminó con un remate que salió por la línea de fondo, junto al poste, con tan mala suerte que la pelota rebotó en la valija de madera del fisioterapeuta y volvió al campo, sirviendo en bandeja el gol a Braulio Castro.

El árbitro no vio nada; tampoco el juez de línea. Los jugadores de Nacional se abalanzaron sobre ellos: se formó una tangana. El colegiado expulsó a tres jugadores celestes antes de abandonar el campo muerto de miedo. Le sustituyó su linier, que finalmente decretó la suspensión del partido por ausencia de luz. Un mes después la Federación anuló el gol de la valija y una de las tres expulsiones. Estableció una fecha para jugar lo que quedaba de partido. A puerta cerrada, durante 84 minutos, nueve jugadores de Nacional, entre ellos Marcelino, resistieron los envites de los once de Peñarol: empataron, y en la tercera (definitiva) final, en noviembre, remataron la gesta. La afición celeste nunca lo olvidaría.

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La Máquina Blanca

Así nació la leyenda de la Máquina Blanca, que también ganó la liga del 34. Brevísimo, como un verso, aquel equipo se convirtió en precursor del fútbol moderno: fue uno de los primeros conjuntos de estrellas multinacionales. Si Marcelino miraba atrás veía a José Nazztasi, el Mariscal, cuya figura se adelantó cuarenta años a la posición de líbero que haría legendaria Franz Beckenbauer en los 70. Y a su lado a Domingos de Guía, el Maestro Divino, uno de los mejores defensas brasileños de la historia. Y a lo lejos veía a Pedro Petrone, el primer delantero centro adelantado que conoció el fútbol. Y en el centro a Pedro Duhart, uruguayo nacionalizado francés, repartiendo asistencias. Pero, sobre todo, Marcelino Pérez vio los estadios llenos, los estadios alucinados, los estadios a los que por primera vez entraban miles de mujeres para asistir al mayor espectáculo de masas que había de conocer el siglo XX.

Había crecido en Pocitos, junto al mar. Su pasión por el fútbol nació viendo jugar al Oriental-Pocitos. Y luego al Peñarol, en la avenida Soca; y al Nacional, en el Parque Central. Debutó en un equipo de la tercera división, el Ariel. Pero siguió yendo a ver los entrenamientos del Nacional. Y por una casualidad que se repite hasta la saciedad como una epifanía en la historia del fútbol un día que faltaban jugadores le invitaron a entrar. Marcelino jugó tan bien que lo ficharon. No había cumplido todavía 20 años. Una semana después debutó en primera división, al lado de las figuritas que había visto en los caramelos de su infancia. Ya nunca dejaría de ser titular. Y en seguida llamó la atención del seleccionador nacional.

En 1935, se proclamó, a los 23 años, campeón de América. Ocurrió en la final de Santa Beatriz, en Perú, contra Argentina. Esa fue la cumbre de su carrera. Sin embargo, la espina de Marcelino fue el Mundial. Hubiera podido participar en los de 1934 y 1938, pero su país no acudió a Italia y Francia por cuestiones políticas. En 1930, la primera Copa del Mundo se había celebrado en Uruguay. La mayoría de potencias europeas se negaron a participar porque, en realidad, querían organizarla, y los uruguayos devolvieron el feo ausentándose de los siguientes dos mundiales.

Mientras en España estallaba la guerra, en 1936 se produjo una desbandada de jugadores celestes. Enrique Fernández se marchó al Barcelona. Ithurbide al Red Star. Y Marcelino fichó por el Vasco de Gama: “En aquella época no se ganaba mucho dinero, pero la plata valía más. Ya entonces se podía vivir del fútbol si se administraba bien. Nadie hizo fortunas, de todas formas, porque éramos más humildes que ahora. Además, no había orientación para invertir, como ocurre ahora”.

Su entrada en el fútbol brasileño fue triunfal: ganó la liga de 1937. Era el tiempo en que en Brasil vivía una colosal revolución táctica de la mano de los entrenadores húngaros. Sin embargo, Marcelino había llegado a Brasil con preocupantes molestias físicas. Y sus peores sospechas se confirmaron pronto: se rompió los meniscos. En la cumbre de su carrera, a los 27 años, se vio obligado a dejar el fútbol: “Cuando otros empezaban a rendir realmente, yo tuve que abandonar. Sufrí tres operaciones: dos a los meniscos y una a los ligamentos. Debí parar, porque el físico había quedado muy resentido”. Probablemente la medicina actual hubiera podido recuperarle para el fútbol.

No obstante, su amor por el deporte era demasiado intenso. En seguida hizo un curso de entrenador; se convirtió en director técnico. Y no en uno cualquiera: se transformó en un estudioso del juego, en un erudito de la estrategia. En el banquillo se comportaba como una especie de Guardiola prematuro, un Bielsa radical, metódico, obsesivo… No tardó demasiado tiempo en poseer su propio Barcelona, un laboratorio de I+D donde imaginó el fútbol moderno con cincuenta años de antelación: en 1946 desembarcó en el River Plate uruguayo para dar rienda suelta durante tres años a una revolución táctica sin precedentes.

Fuimos pioneros, hicimos un fútbol de avanzada, cambiando los esquemas tradicionales e inalterables hasta entonces, que subsistían por el respeto general”. El primer volante tapón de la historia se llamaba Luis Alberto Luiz: lo engendró Marcelino. También fue pionero al liberar de la obligación del marcaje al media punta, transformando a un desconocido Washington Gómez en una pesadilla para los rivales. Pero se trataba de un equipo modesto. Y lograron lo máximo a lo que podía aspirar un equipo pequeño: ser terceros detrás de Peñarol y Nacional.

En 1947 también fue designado seleccionador nacional de Uruguay, donde se convirtió en el primer entrenador latinoamericano en utilizar la pizarra para preparar los partidos. Sin embargo, se le quedó clavada una vez más la espina del Mundial. No pudo llegar al Maracanazo porque ya había colgado el delantal de director técnico. ¿Por qué? En una mala temporada, su último equipo, Defensor, bajó a segunda división, y asumió que sus métodos no estaban maduros para el fútbol. Eran ciencia ficción: Marcelino soñaba con pelotas eléctricas. “Comprendí que es muy difícil pretender renovaciones tácticas. La tradición y el exitismo pesan mucho. Ser director técnico era una cosa muy difícil, al menos para mí. Y no quise seguir. Entonces vino el periodismo”.

Esa etapa duró 32 años. Primero como corresponsal de varios rotativos, sobre todo El Diario, donde desplegó durante más de una década en sus crónicas la misma elegancia que en el reino perdido de su banda izquierda; y luego en la televisión, como comentarista del Canal 12. Participó en la cobertura de tres Olimpiadas: Londres, Helsinki y Roma. Acompañó en incontables giras a Nacional, Peñarol y a la selección uruguaya en una serie ininterrumpida de viajes que se extendieron durante varias décadas. Marcelino estuvo presente en todos los Mundiales desde 1950. Y en la final de Maracaná, donde el fútbol homenajeó a los niños uruguayos que le habían defendido de los rigores de la madurez, lloró en las gradas.

Su último Mundial como periodista fue el de España, donde aprovechó su estancia para visitar las casas donde habían nacido sus padres. Falleció el 16 de septiembre del año siguiente, a los 71 años. En los oscuros arrabales de internet, que se parecen a las calles de tierra de Pocitos donde empezó a jugar al fútbol, los aficionados veteranos aun recuerdan el contorno majestuoso de Marcelino Pérez, sus zancadas de cisne, sus meniscos truncados, sus crónicas científicas. Con motivo de este reportaje, Carta de España ha creado la entrada de Marcelino Pérez en Wikipedia. Un homenaje informativo a un caballero del deporte que cabalgó el siglo XX subido en una pelota que, en las tardes de gloria, llegaba a confundirse con el mundo.


David Pérez
 

 

 

 

 

 

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