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Segundo Llorente, un leonés en Alaska

Este misionero jesuita, escritor, evangelizador y representante en el congreso estatal de Alaska es una de las personalidades históricas del estado norteamericano

Segundo Llorente recién ordenado sacerdote

 

El 18 de noviembre del año 2006 se conmemoró el primer centenario del misionero jesuita leonés Segundo Llorente que había llegado a Alaska en 1935 cuando ésta era todavía un territorio de los Estados Unidos. Poco explorada desde Europa y desde Asia, la Alaska de Llorente se caracterizaba por la existencia de comunidades indígenas aisladas y por la presencia de escasos colonos.

Segundo Llorente durante más de 40 años, recorrió como pastor su diócesis, fue diputado en dos legislaturas del primer gobierno de Alaska en 1960, y cofundador de este estado número 49 de Estados Unidos. Esta relación con los indianos alaskeños le daría el privilegio, a su muerte, de ser enterrado en un cementerio de exclusividad para indios (con la excepción de misioneros de más de 30 años de servicio con los indígenas).

Su temprana vocación le llevaría a escoger, ya en el noviciado, cuál sería su destino de su vida, el más difícil, el más arriesgado: Alaska. En 1930 marcharía de una España convulsa para no volver hasta 1963 en un viaje triunfal para fomentar misiones, y en 1973 para despedirse de los suyos. El resto lo tuvo repartido entre Alaska, 40 años, y Estados Unidos, 14 años. La soledad de la estepa alaskeña la combatió con su máquina de escribir y con su acordeón; con sus lecturas y con la Oración ante el Santísimo. Cifro en más de 20.000 cartas las que escribiera Segundo Llorente a numerosos destinatarios en los cinco continentes. Su decena de libros, sus libros epistolares y los artículos aparecidos en "El Siglo de las Misiones", sentaron cátedra entre lectores seglares y muy especialmente entre seminaristas y novicias.

Con el tiempo se especializaría en dirigir ejercicios espirituales, donde una mística, proveniente de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, mezclada con sus propias reflexiones, profundas y meditadas, daban un efecto realmente interesante. Sus homilías no eran cotidianas o aburridas, sino que llevaban en sí una fuerza y una contemplación nada corrientes. Su biografía nos lo lleva, desde una temprana vocación como religioso y jesuita, a una decisión tozuda y cabezona de ir a Alaska, desde su noviciado, insistiendo ante sus superiores de olvidarse de China (donde querían que fuese) para ir al país de los eternos hielos, la misión imposible. Desde 1906 en que naciera, hasta 1919 en que ingresa en el seminario, la fecha mágica de 1923 cuando ingresa en la orden jesuita y 1930 año en que se embarca hacia los Estados Unidos, todo es un camino de rosas, de aprendizaje, de recapacitación y empaparse de aquella su patria, su España, que no volvería a pisar hasta 1963.

En 1934 es ordenado sacerdote en Kansas y finalmente en 1935 pisa por fin su deseada Alaska. De allí no se movería como misionero hasta 1975, cuando, con 69 años es transferido a la provincia de Oregón, para ayudar a evangelizar a la crecida colonia hispana de los estados de Idaho y Washington. Finalmente en 1989, con 82 años de edad, moriría santamente en la Universidad Jesuita de Gonzaga en Spokane (Washington). Y está enterrado en el cementerio indio de Desmet (Idaho).

El choque cultural que encuentra Segundo Llorente es enorme. Primero, el idioma inglés, pues él proviene de un pueblecito de León (Mansilla Mayor) y apenas ha estudiado ese idioma, que lo perfeccionará durante cinco años en Estados Unidos antes de embarcarse hacia Alaska. Segundo, el idioma alaskeño, del cual se preocupó mucho y llegó a dominar bastante. En tercer lugar, el contraste entre la España de los años 30 (República y Guerra Civil), con los Estados Unidos de los años de la depresión, y el paraíso blanco de Alaska, donde encuentra a unos pobres esquimales asentados en unas tradiciones ancestrales, y a unos blancos colonizadores muy rudos.

Con el obsipo Fitzgerald

Segundo Llorente (primero por la derecha), con sus feligreses y el obispo Fitzpatrick

Y es aquí precisamente donde la labor de Segundo Llorente crece. Su labor como reformador social, como pedagogo, como transformador de una situación injusta. Es una lucha titánica contra una sociedad (la esquimal), donde prima el alcohol, el machismo, la supervivencia, la analfabetización, el chamanismo, la mortandad infantil, el aislamiento, el frio, la precariedad moral y cultural, la nada; y contra una sociedad (la blanca), donde prima el señoritismo, la esclavitud hacia el más débil, el clasismo, la intolerancia, el individualismo, el protestantismo, la masonería, el ateísmo, el materialismo y el sálvese el que pueda.

Cuarenta años en los que construyó escuelas, reformó en su entorno la imaginería mágica ancestral de los esquimales, intentó cambiar la mentalidad patriarcal y elitista, catequizando a niños y adultos, jugándose la piel con trineos de perros o barcazas para llevar a Dios y una mínima cultura a los rincones más recónditos de la planicie alaskeña.

La realidad de aquella Alaska era tremenda, en un país con un 80% de alcohólicos, con un frío imposible que llegaba hasta los 65 grados bajo cero, con una soledad corrosiva y famélica, donde sólo una voluntad de hierro o el alcohol de 50 grados, podía mantener a las personas con unos mínimos de calidad aceptables. Pero Segundo Llorente logró hacerse con todo ello. Batalló, no siempre con éxito, contra el alcohol en los esquimales y en sus seglares blancos; intentó culturizar a sus catequizados con elementos básicos y asequibles, con imágenes y discursos muy prácticos; reorganizó, en su entorno, la impracticable e insalubre vida del indígena, hasta donde pudo, él, ¡que vivía muy austeramente y más sobriamente que los cartujos.

En el archivo jesuita de la provincia de Alaska, sito en la Universidad Gonzaga en Spokane (Washington), se encuentran algunos manuscritos no publicados de Segundo Llorente, en inglés y español, ciertamente interesantes sobre la historiografía de Alaska, los jesuitas y los esquimales. El Padre Llorente, que disponía de mucho tiempo por razones obvias (inviernos larguísimos, soledad total durante días, oscuridad la mitad del año, etc.) tuvo tiempo, amén de escribir cartas y de sus artículos para "El Siglo de las Misiones", revista de misiones jesuita, para retratar el carácter del indígena, del jesuita y de las costumbres de ambos.

Niña esquimal. Foto Artchivo Carpenter. Congress Library

Su faceta como político, siendo sacerdote y misionero, no deja de tener su lado curioso, pues se doblegó al destino que sus acólitos, los indígenas, quisieron que él condujera: tener un representante en el Gobierno para defender sus derechos. No deja de ser chocante que un misionero leonés, sacerdote católico, sea el representante político de los esquimales de Alaska. Fue el primer religioso católico en ser diputado en la historia de los Estados Unidos.

Corría el año 1960, y en las elecciones presidenciales de ese año, muy reñidas, se presentaba John F. Kennedy. Alaska, ya recién estrenado como estado número 49 de Estados Unidos, iba a elegir sus primeros diputados. Y los esquimales tenían el derecho de elegir su propio candidato.

Proponen, sin decírselo, a Segundo Llorente como su representante legal ante el Congreso en Anchorage. Cuando el padre Llorente quiere darse cuenta, ya es muy tarde, su nombre aparece en las listas junto al elegido Kennedy. Enseguida lo pone en conocimiento de su obispo, y ahí empiezan los problemas: ¿es compatible la labor sacerdotal con la política? El hombre propone y Dios dispone, pensó nuestro misionero. Y echar el freno representaba fallar a sus fieles, quienes le habían elegido por creer en él, y en la práctica se demostró luego que cumplió con creces su cometido. Hasta la revista "Time" se hizo eco de la noticia, pues era la primera vez que salía como diputado un sacerdote, y la coincidencia del catolicismo con el presidente Kennedy, levantó más de una suspicacia, y encima era un cura español. El hecho es que cumplió bien, y estuvo actuando dos legislaturas, consiguiendo numerosas ventajas para su distrito alaskeño. Y con sus dietas como político, construyó una iglesia nueva en su aldea principal, Alakanuk.

La vida del padre Llorente encierra una voluntad férrea, un carácter indomable pero afable, una sonrisa ancha, un deseo voluntarioso de hacer lo mejor por el prójimo. Siempre estuvo su tierra presente en sus oraciones; sus padres, a los que ya no vería más, pues murieron por el camino. Sus ocho hermanos, a los que reencontraría (salvo a uno, Amando que viajaría hasta Alaska), 29 años después en su primer viaje a España. La gastronomía leonesa, la "luche leonesa", el paisaje verde contrastado con el blanco alaskeño, su idioma castellano el cual ahora sólo practicaría en sus cartas y sus lecturas...

Segundo Llorente ejemplificó como pocos, o como muchos, pues han existido misioneros ejemplares en toda la historia del Cristianismo, una vida dedicada a los demás, con altibajos que él los curaba con horas de diálogo con su Señor. Estuvo a punto de morir tragado por las heladas aguas de un lago cuando su trineo quebró el hielo, o en sendos accidentes de avioneta, o perdido en la niebla en la noche ártica, pero, como él mismo decía, su angel de la guarda tenía muchísimo trabajo con él, haciendo horas extras cada dos por tres.

Y para aguantar temperaturas de más de 65 grados bajo cero, el terrible aislamiento, la incomunicación con el esquimal, la extrema soledad y demás hierbas, Segundo Llorente tenía dos armas importantes: la Fe y un humor excelente. Sus crónicas siempre son amenas, divertidas, ilustrativas, educativas, enriquecedoras, divulgativas, sensibles, y no dejan incólume al que las lee.
A 62 grados bajo cero, la estufa era el centro donde Segundo Llorente se enquistaba, en esas noches oscuras, a meditar, rezar, escribir cartas, leer buenos libros, hablar con Jesucristo, tocar el acordeón o ejercitar la nostalgia. Esa estufa que él cuidaba con mimos, con cariño, con una devoción al encenderla y mantenerla, pues de ella dependía el bienestar.

Misionero, héroe por excelencia jugándose la vida con su trineo de perros en la estepa alaskeña, apasionado de su trabajo y su misión, encariñado con sus esquimales, gran catequista y predicador, amante del género epistolar y de dar consejos, sabio en dar ejercicios espirituales, político sagaz que supo defender a sus indígenas como diputado en el Congreso de Alaska, recio y sobrio como un cartujo, fuerte y luchador como buen leonés, cofundador del Estado de Alaska...

Visita a Mansilla 1963

En su visita a España en 1964

Segundo Llorente predicó como vivió, y su ejemplo fue el más preclaro mensaje para aquellos rudimentarios esquimales que veían en aquel hombre alguien muy especial. Observaban, con curiosidad, cómo aquel misionero se desplazaba con trineo de perros, en avioneta, a pie, para bautizar a sus hijos, para casar a otros, o para llevar la extremaunción a un moribundo. Se molestó en aprender su lengua, y de aquello que difícilmente podía explicar por ser inexistente en aquellas tierras, lo escenificaba, lo teatralizaba, ponía imagen y sonido en sus visiones celestiales. Todo valía para poder entregar el mensaje de Cristo en aquellas inhóspitas tierras donde el hombre blanco era sinónimo de amo esclavizador o de suministrador de alcohol. La misión de Alaska dio muchos frutos, Segundo Llorente fundó escuelas, colegios de monjas, aldeas nuevas, iglesias, socializó laboralmente con los esquimales, catequizó a los niños con sus fantásticas historias religiosas apocalípticas, dio mucho y recibió mucho.

He hablado con numerosos jesuitas, compañeros suyos en Alaska; con feligreses mejicanos en Estados Unidos que les casó, bautizó o catequizó; con seminaristas y monjas que recibieron sus ejercicios espirituales o sus cursos catequizadores; con su familia y amigos. Y todos ellos, sin excepción, le describen como un hombre santo, en el mejor sentido de la palabra, de un gran dialogante, de un perfecto consejero, de un comunicador excelente, de un guía espiritual inmejorable. Allá donde estuvo, se forjó como una leyenda.

Y cuando uno se adentra en la biografía de este inmenso hombre, descubre las múltiples facetas de su existencia. Pues no fue un simple misionero, sin más, no. Fue un religioso empeñado en su trabajo, nada conformista. Luchador incansable, salvador de almas. Ardiente pero entregado, condescendiente pero tenaz, tolerante pero con reflexión. Misionero, místico, aventurero, etnólogo, poeta, sí poeta, y gran comunicador; en la vida de este gran hombre, lo mínimo que podría pedirse es poder difundir su biografía para conocer más y mejor una parte de la historia de América.

Javier Nicolás  

 

 

 

 

 

 

 

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