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Salvador Bofarull, nacido para viajar

Empezó a viajar en la década de los 40, del siglo XX. Ha recorrido más de 60 países, conociendo intensamente Rusia, China, Hispanoamérica, Iraq, Guinea… su gran pasión es la filatelia

Salvador Bofarull en su estudio

Nació en Barcelona, en 1925, dentro de una familia de la alta burguesía. Vivía en Barcelona, en una buena casa, cerca del Hotel Ritz, en la Gran Vía. Y tuvo una infancia feliz: “Nunca lo pasé mal”. Es Salvador Bofarull, un personaje con una biografía apasionante, llena de viajes, repleta de experiencias. Siempre hizo lo que quiso, sin ofender o avasallar. El mundo, para él, no tenía fronteras: visitó más de sesenta países.

Es testigo de la entrevista un buen amigo común: Carlos Hernández, profesor jubilado de instituto. Y comentamos que Salvador Bofarull es un hombre de tan contundente apariencia como de cordial y franco trato, de saberes y experiencias plurales, generoso y solidario con múltiples nobles causas, algunas tan singulares y con personal empeño, como el rescate y la reivindicación de la memoria de los voluntarios chinos de las Brigadas Internacionales en la Guerra de España.

Salvador Bofarull

"En mi casa siempre se hablaba catalán, conociendo perfectamente el castellano. Y quise estudiar árabe y ruso. Se me daban bien los idiomas. La guerra de España nos sorprendió en Barcelona. Yo tenía 11 años. Mi padre era un hombre de izquierdas, pese a ser empresario, y no iba a misa. Era uno de los que entonces se llamaba no creyentes o no practicantes. La empresa textil tenía 400 obreros, la mayoría anarquistas. El 18 de julio se entrevistó con sus delegados: llegaron a un acuerdo de gestión conjunta".

¿Lo pasaron mal?
Durante la guerra no pasamos hambre ni necesidades. Los camiones llegaban con comida desde Francia, que se distribuía entre la población. Comíamos pan francés recién hecho. En mi casa me tenían algodonado. Pero la familia también sufrió episodios trágicos: un primo falleció en un bombardeo, mientras estaba con su amante.

¿Cuál fue su relación con las BBII en Barcelona, en su niñez?
Directa, ninguna. Pero recuerdo la presencia en las calles principales de hombre que, por su indumentaria, parecían alpinistas o excursionistas. Alguien me dijo que eran extranjeros, que venían a combatir por la República.

¿Cómo fue el franquismo?
Particularmente duro con y para mucha gente, aunque no fue mi caso. Al principio era tremendo. Los de Falange podían detener a cualquiera, por cualquier motivo: había gente que desaparecía, que la paseaban; había curas revanchistas, que implantaban la religión a punta de bayoneta. Fue una época muy mala, aunque luego se suavizó.

¿Qué otros recuerdos tiene de su infancia y juventud?
Muchos. Por ejemplo, encontré un catecismo en el que se hacía todo un conjunto de afirmaciones contrarias al sentido común y a las enseñanzas que recibía en mi colegio. Pero lo más sorprendente era mi extraña relación con mis padres: nunca me besaron. Era hijo único y el trato era frío. Recuerdo que una vez me encontré con mi padre en Barcelona y me saludó estrechándome la mano. No me besó.
El régimen franquista trajo economistas alemanes, que trabajaron en la Universidad de Madrid. En 1944 me trasladé a la capital estudié Ciencias Políticas y Económicas, alternándolo con los estudios de Idiomas. Logré ser profesor auxiliar de Historia de la Economía. Pero fíjate, a los 20 años pedí un visado para ir a Cambridge. En la Policía tuve que pagar 200 pesetas de la época: fue un soborno, porque si no, no hubiera salido de España. Así pude viajar a Inglaterra, para mejorar el inglés.

Salvador Bofarull en su salón

Tras aquel viaje para ampliar sus conocimientos de inglés, ¿empezaron los largos viajes por los cinco continentes?
Antes hice el Servicio Militar, en las Milicias Universitarias, como oficial de fronteras. Fui destinado, por petición propia, a la frontera de Andorra. En aquella época España sufría lo que llamaban “injusto bloqueo”. La frontera francesa estaba cerrada desde 1946. Después, incorporado a la vida civil, pregunté en Exteriores. Me dijeron que había una plaza en Libia, a través de la ONU. Era aficionado al mundo árabe, aunque vivía en Madrid, muy bien. Mi familia me daba 2.000 pesetas al mes. Y logré 2 becas: pasé tres años fuera de España. El Libia comprobé, antes de que estuviera Gadafi, que aquello era una teocracia. También, por razones de estudio y trabajo, hice repetidos viajes a Estados Unidos, llegando a residir dos años en Chicago… llegué a pasar diez años fuera de España.
El azar siempre me ha llevado a escenarios complejos. En mayo de 1968 estaba en París. Me sorprendió el movimiento estudiantil, con la formación de barricadas. Y por supuesto me solidaricé con todos aquellos revolucionarios y me fui a las barricadas con ellos. El mundo árabe siempre me ha interesado. Incluso hice de escudo humano en Iraq, en la Guerra del Golfo, de 1991, cuando la agresión anglo-norteamericana. Han dejado toda la región hecha un destrozo.

Salvador Bofarull ante su ordenador

Salvador Bofarull es autor de bastantes ensayos sobre los más diversos temas, especialmente sobre Filatelia. En la revista “Cuadernos de Filatelia”, número 6, publicó un sorprendente trabajo: “El Correo por esquís” (Madrid, 1999); aunque también es autor de un sorprende estudio: “Demonios” (Ediciones Énfasis. Madrid 2010). Analiza, en sus 150 páginas, las distintas concepciones de los demonios, en diferentes países.

Su gran pasión es la filatelia…
Es algo que viene de mi juventud. Y esa afición me ha hecho viajar con frecuencia a Londres, donde participo en congresos filatélicos.

Después de estar tantos años fuera, de recorrer medio mundo, ¿qué puede decirnos de Hispanoamérica, por ejemplo?
Hay una dicotomía entre criollos e indígenas. Eso me molestó mucho. La riqueza está mal distribuida. Catorce familias tienen más que el resto de la población. Les falta la clase media. Y también cosas tan sorprendentes como la que encontré en El Salvador: se hablaba catalán en varios pueblos. ¿Se mantendrá en la actualidad? La huella de Cataluña se ha mantenido hasta en el idioma.

También estuvo en Guinea, la antigua colonia española…
Sí, en la época de Macías. Tuve que pedir la excedencia para poder ir como asesor del Gobierno guineano. Despachaba con Macías una vez a la semana. La gente sospechaba que era espía de Macías y acabaron echándome del país. Un año después, Macías envió a un sicario, que se cargó al funcionario que me expulso de Guinea.

¿Cómo era Guinea?
Un feudo militar. Macías conmigo siempre se portó bien, pero tenía manía persecutoria. Mandó matar a más de uno por simples sospechas. No se fiaba de nadie. Acabó loco y mató a fieles colaboradores. Su sobrino, Teodoro Obiang le mató… pero no lo escribas, ¡eh! En Guinea se producen situaciones surrealistas: hay veces que no ves el sol, por las capas de nubes, aunque se forman espacios de sol y sombra: las mujeres se ponen al sol, en las zonas de sol; y los hombres, a la sombra.

Aseguran que la gastronomía guineana es de interés…
No me atreví a comer puercoespín, aunque mi mujer sí. Y decía que tenía buen sabor. También comen murciélagos y caracoles. A mí me gustaba la carne de unos cebús, que eran insensibles al mosquito tse-tse. Un plato de gran sabor es el arroz con plátanos.

Otro país por el que siente gran interés es Rusia…
Mejor decir la Unión Soviética. Me casé con una rusa –antes estuve casado con una española 20 años–, pero me dejó y volvió a su país. Mejor así. En Rusia me interesé por la Guerra de Crimea, por la Batalla de Leningrado y tengo escritos algunos ensayos sobre hechos históricos en la Unión Soviética. De hecho, soy miembro de la Asociación de Amistad Hispano-rusa…

China también está entre sus países favoritos.
Sí, he viajado con frecuencia a China. Allí conocí a Tatiana Fisac, la hija del arquitecto. Es una mujer de gran saber. China es un país muy a tener en cuenta actualmente, especialmente por Occidente. Su poderío económico puede ser temible.

Texto y fotos: Pablo Torres

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