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Elías Fernández Pato, el paragüero de Bueno Aires

Emigrante gallego, participa activamente en la comunidad española en Argentina desde su llegada hace más de 60 años. Se ha convertido en un personaje querido de Buenos Aires, donde mantiene vivo un oficio en extinción

En el taller

A los 83 años, habla pausado pero intenso en su relato, sin escatimar detalles. Recuerdos y anécdotas guardadas por una prodigiosa memoria de la que no se escapan los tiempos duros de posguerra de su niñez, ni los paisajes agrestes de Orense en los que adoraba bañarse. No se olvida tampoco de un maestro que le insistía en aprender las operaciones básicas, el dictado, las cuentas y otros principios que serían fundamentales para aquella generación que daba por hecho la migración.

"Otros sólo se contentaban con que aprendiera el catecismo en el colegio de aldea. Había un atraso muy grande en ese sentido. Mi padre era alfarero y además tenía una barbería que, en tiempos de guerra, era uno de los espacios en donde los rumores se esparcían. Ser responsable de ese local y no ir a misa cada domingo fue suficiente para que tuviera que exilarse. Desde el año 1936 al 1940 no vi a mi papá. Yo tenía 5 años y regresó cuando tenía nueve. En las parroquias donde no estabas bien con el cura era mejor que te ausentaras.Hacía poco que se había salido de la guerra y todo lo que escuchabas en los pueblos eran atrocidades; y a mí se me metió en la cabeza que no tenía que ir al servicio militar. En principio iba a emigrar un hermano, la carta de llamada venía para el otro hijo varónde la familia, que se arrepintió".

Su llegada, con apenas 18 años, no tuvo nada de bienvenida. En el puerto, apenas pisó suelo argentino, su tío no le esperaba: había fallecido. En ese momento Buenos Aires le pareció triste, gris y desencantadora, aunque de inmediato comenzó a frecuentar el Centro Orensano: la familiaridad fue rápida y genuina, su participación incansable. Tras muchos años de labor, llegó a la vicepresidencia del Centro Galicia y presidencia del Centro Gallego en el momento que había 35.000 socios (entre 1998 y 2002).

"Me instalé con mis primos, en un típico conventillo del barrio de Barracas, un sitio ajetreado en los años 50. Mis primos me decían que me quedara tranquilo, que ya tendría tiempo de trabajar. ¡Y vaya si tuve tiempo!… desde entonces hasta hoy".

La historia de Elías con los paraguas se inició temprano y casi como un trabajo complementario, tomando el ejemplo de sus primos que,con un atado de paraguas, eran vendedores ambulantes. Elías se sumó a esa labor,caminando la inmensidad de partidos bonaerenses; La Plata, Ensenada, Beriso, Ranelagh, Quilmes y resto de la zona Sur de Buenos Aires. "Simultáneamente le hacía las composturas a un paragüero que estaba muy mayor. Yo aprendí a trabajar estropeando los paraguas. En aquella época había suplementos para emparcharlos y ese fue mi aprendizaje”.

En sus inicios Elías, junto a su cuñado, fundó la casa Víctor (nombre de su único hijo) en el barrio de Boedo. Se encargaban de la confección puesto que nunca hubo fábrica integral en Argentina. Su momento laboral más difícil fue a mediados de los años 90, época en que desaparecieron la mayoría de los talleres.

Desde la primavera de 1957 hasta hoy la “Paragüería Víctor”no ha cesado su actividad. Elías sigue allí, trabajando cada mañana en el taller; y Víctor, su hijo, frente al mostrador, rodeado de una colección colorida y variada, atendiendo al público.

"Volví varias veces a mi pueblo, Loñoa del Camino, pero sólo de visita. Cada vez que llegaba, iba por el monte silbando. Me sacaba la camisa, me metía a nadar, me gustaba volver al pueblo, al campo en donde nunca me había imaginado que existiera algo como la ciudad de Buenos Aires".

Gisela Gallego

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