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La Madre mira al mar

Si caminamos por el marítimo Paseo del Rinconín en Gijón nos encontramos con esa mujer despeinada por el viento y apenada por la marcha de su hijo. La Madre tiende su brazo hacia el mar, tratando de retenerlo, y su expresión desgarradora representa la dura despedida de todas esas madres a los hijos que marcharon en busca de un futuro mejor a finales del siglo XIX y principios del XX

la estatua tiende su brazo hacia el mar

En total más de 300.000 asturianos cruzaron el océano atlántico entre 1830 y 1930. La tradición migratoria llevaba a muchos a lanzarse a la aventura, no sólo por las necesidades económicas sino en muchos casos por un una búsqueda de condiciones más ambiciosas o más tierras que cultivar. La emigración además era una buena forma de eludir el servicio militar que se imponía en aquella época, a cambio de una mayor inversión en la que el chico se vería enriquecido y volvería a su hogar cargado de fortuna.

Los emigrantes eran sobre todo hombres jóvenes sin responsabilidades familiares, que procedían de zonas rurales cercanas a la costa. Aunque muchos de ellos eran campesinos hubo muchos estudiantes de escuelas como la de la Práctica Mercantil de Oviedo que también emigraron en aquella época.

Sus comienzos no fueron nada fáciles en las nuevas tierras, muchos asturianos trabajaron duro desde los escalafones más bajos y acabaron progresando y continuando su vida allí. Esto ha consolidado grandes comunidades de asturianos en América que hoy en día, orgullosos de sus raíces, hacen una importante y preciosa propaganda de su ‘patria querida’.

representa a una madre que se queda sola

Los emigrantes asturianos viajaron principalmente a Cuba, Argentina, México y Estados Unidos, y desarrollaron una intensa actividad cultural e intelectual en los países de acogida. Es muy conocida por ejemplo la prensa asturiana en América, que sirvió como nexo entre ambos continentes y herramienta de difusión para escritores asturianos. Existen también multitud de Centros Asturianos, un lugar de encuentro que reforzaba los lazos con España y proporcionaba una ayuda en la asistencia, la integración y la educación de los emigrantes.

En 1958, durante el I Congreso Mundial de Sociedades Asturianas se planteó la idea de erigir este monumento para honrar a todas las madres que despidieron y esperaron, pero no se concretó hasta el II Congreso que se celebró en 1963. Se encargó el monumento al escultor Ramón Murieras, que realizó una escultura poco convencional y capaz de arrancarte las entrañas.

Al contrario de lo que pudiera parecer, este monumento no fue aceptado ni comprendido, llegando incluso a sufrir un atentado en 1977 que trató de acabar con la escultura. Aún así fue restaurada y de nuevo colocada, ya en los años 80, en su lugar, frente al mar que se llevó a los jóvenes asturianos. La llaman ‘la loca del Rinconín’, por sus pies descalzos y su vestido andrajoso, pero es mucho más que eso: es una Madre que se queda sola, una Madre cargada de pena que regala a su hijo al mundo, una Madre que mira al mar y se despide en silencio.

Belén Argaya Rubiera

 

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