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Icíar Bollaín: "hacen falta más directoras para que las niñas quieran ser directoras"

‘El olivo’, la última película de Icíar Bollaín (Madrid, 1967), continúa su recorrido por los festivales europeos en los que está siendo muy bien acogida

Icíar Bollaín en el rodaje de 'El olivo'

 Icíar Bollaín en el rodaje de 'El olivo'

Esta historia sencilla que gira en torno a un olivo milenario y a una familia marcada por ese árbol acaba de obtener el Premio del Público en el Brussels Film Festival, en el marco del cual conversamos con su directora sobre su último trabajo y sobre su interesante trayectoria como cineasta.

‘El olivo’ es su séptimo largometraje de ficción y su tercera colaboración con Paul Laverty -guionista de cabecera del británico Ken Loach-. ¿Por qué ha considerado pertinente contar esta historia justamente en este momento?
La idea viene de Paul Laverty y a él se la sugirió a su vez un artículo que leyó hace ya un montón de años en la contraportada de El País sobre estos olivos milenarios arrancados para ser vendidos fuera. Recuerdo que esto a Paul le dejó en choc, creo que más que a mí, precisamente quizás por ser escocés y venir de otra cultura. La idea de que exista un árbol de dos mil años, que es probable que lo hayan plantado los romanos, que ha estado dando alimento a una comunidad y esa comunidad cuidándolo durante todos esos años, y de repente llegue alguien con dinero y porque le gusta el tronco, porque realmente son espectaculares, como esculturas, lo compra y se lo pone en su jardín, a Paul le dejó completamente alucinado y le pareció una metáfora muy potente de muchas cosas de esa cultura del «me compro lo que sea si tengo dinero». ¿Qué valoramos? ¿De verdad te puedes comprar lo que sea? ¿De verdad te puedes comprar un árbol que han plantado los romanos? ¿Qué consecuencias tiene todo esto? Entonces nos fuimos a los pueblos del interior de Castellón en los que aún quedan muchos de estos olivos, empezamos a hablar con gentes del lugar que habían vendido los suyos y ya Paul comenzó a escribir los personajes, y decidió que fuera una chica joven la protagonista. Y a mí la verdad es que me parece muy pertinente esta película ahora mismo en España porque habla de muchas cosas que han pasado recientemente en el país: habla del expolio del paisaje, del boom inmobiliario en el que todo el mundo quiso coger ese tren, de esa generación de niños españoles que han criado los abuelos porque los padres estaban trabajando… Y es un buen momento para hablar de todo esto en España, porque es un momento en el que podemos preguntarnos cómo queremos hacer las cosas, cómo nos gustaría que las cosas fueran. Y sobre todo preguntarnos qué es lo que valoramos

Usted, que debutó en el cine como actriz, ¿qué importancia le da a la elección de los intérpretes en sus películas?
Le doy toda. Cuando haces un cine de personajes y relaciones humanas, que es el que yo hago, tu apuesta ha de estar en los actores, que son los que dan la cara y los que dan vida a esos personajes; al casting le dedico muchos meses. En esta ocasión he trabajado con una directora de casting estupenda, que ha hecho un trabajo minucioso. Yo sobre todo busco gente, no solo que lo haga bien, obviamente, sino gente interesante, gente a la que quieras mirar, que comunique. En el caso de Alma no era fácil porque necesitábamos una chica con carisma, con peso y con fuerza, pero al mismo tiempo muy jovencita. En el caso del abuelo, que tiene esa presencia tan fuerte, era complicado también. Yo tenía en la recámara dos o tres posibilidades de actores, pero quise intentar ver si lo podía hacer con alguien del lugar. ¿Por qué? Porque hay una cosa que un actor no tiene y son esas manos de trabajar toda la vida en los olivos, esa cara que es como de cuero. Entonces hicimos un casting en los pueblos y encontramos con muchísima suerte a Manuel, un hombre maravilloso que se identificó mucho con el personaje.

Un momento de la entrevista

Un momento de la entrevista (Foto de Elena Pérez González)

El personaje protagonista de Alma es un Quijote femenino que se lanza en contra de todos en un viaje plagado de obstáculos para recuperar el olivo de su infancia. El hecho de que se trate de una mujer tan joven, ¿es un mensaje que lanza precisamente a la juventud de que luche por sus sueños, de que no se conforme?
Existe una generación en España, que es la que tiene la edad de Alma, veintipocos años, que yo creo que tiene que estar muy enfadada porque ha crecido con la crisis, lleva toda su adolescencia sufriendo en casa sus consecuencias y tiene un horizonte por delante de falta de empleo aterrador. Yo si fuera ellos estaría muy enfadada, desde luego. Y, efectivamente, algo de todo esto tiene Alma. El viaje que emprende será loco, será absurdo, pero algo hay que hacer, no se va a sentar a ver cómo su abuelo se muere de pena. Y al final tiene razón porque solamente por el hecho de ponerte en movimiento las cosas ya evolucionan y ella no es la misma cuando vuelve que cuando se va, hay también un viaje interior. Así que sí que hay ahí un mensaje de esperanza, parece que no se puede hacer nada pero sí que se puede, y solo por el hecho de intentarlo ya el mapa es distinto. Por extrapolarlo a lo que está ocurriendo en España, no sabemos si Podemos llegará a gobernar un día, pero solamente su presencia en el mapa político ha dado la vuelta a todo, esto ya no es igual, ya no vemos al PSOE y al PP igual, las preguntas que nos hacemos no son las mismas y la exigencia con la que empezamos a mirar a nuestros políticos no es la misma. Y ellos están teniendo que dar unas explicaciones que antes no daban; siguen escapándose de darlas a menudo, pero ahora se nota.

Lleva más de treinta años en el mundo del cine con esa puerta de entrada inolvidable que fue el personaje de Estrella en ‘El Sur’, de Víctor Erice. Visto desde la distancia, ¿qué supone para usted haber debutado con esta película?
Pues un flipe (risas). En realidad, de no haber hecho ‘El Sur’ no creo que hoy fuera directora de cine. Probablemente me hubiera dedicado igual a algo creativo, creo que a la escritura, porque siempre me ha gustado escribir y mucho antes de dirigir he escrito. Y después pasa otra cosa: hacen falta más directoras para que las niñas quieran ser directoras, porque es muy difícil que uno quiera ser algo que no ve, son necesarios los modelos y yo no tenía ese modelo para nada. De hecho, con veinticuatro años hice ‘Sublet’, la primera película de Chus Gutiérrez, y fue cuando me dije: «Oye, si Chus lo hace, ¿por qué yo no?». Ella me lleva cuatro años y nos hicimos muy amigas en ese rodaje. Esto fue muy importante para mí porque hasta entonces yo había trabajado como actriz con señores muy sesudos, muy barbudos, muy intelectuales (risas). Y de repente vi a Chus, que era como yo, contando una historia como le salía, como quería, con intuición, con frescura… y fue cuando vi que era posible.

Y es así como en 2006 se convierte en una de las fundadoras de CIMA (Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales) que tiene como uno de sus objetivos abrir caminos a las mujeres en el mundo del cine.
Es que el cine es un reflejo de la sociedad: en la base hay muchas mujeres en todo pero a medida que vas subiendo en la pirámide de poder ya hay menos. Por eso fundamos CIMA, primero para estudiar el porqué de este fenómeno y segundo para hacer lobby y tratar de abrir caminos. Porque el que haya tan pocas mujeres en ámbitos de dirección, guion y producción tiene como consecuencia que la representación de la realidad que vemos en los medios audiovisuales no sea diversa porque está contada por hombres y es una mirada masculina. Y muchas veces las mujeres no nos identificamos con la representación que se da de la mujer; falta más mirada. Creo sinceramente que hay que cambiar lo que transmitimos para que las chicas jóvenes tengan buenos modelos femeninos que seguir. Si cada vez que la mujer aparece en los medios lo hace como víctima y no como protagonista de su vida, no estamos lanzando un mensaje de empoderamiento de la mujer, para nada, todo lo contrario.

Icíar Bollaín dirigiendo al actor no profesional Manuel Cucala

Icíar Bollaín dirigiendo al actor no profesional Manuel Cucala

Antes de irse a vivir a Edimburgo, donde reside en la actualidad, declaraba no sentirse nada nómada y reconocía admirar a las personas «capaces de dejar su país y cambiar sus coordenadas para ajustarlas a una realidad distinta». ¿Qué está significando para usted esta experiencia de vivir fuera?
Para empezar te das cuenta de que no sabes nada del país en el que estás, en mi caso el Reino Unido. Más allá de cuatro tópicos, sabemos muy poco de ese país en España. Y esto me parece muy curioso: qué poco sabemos de países de nuestro entorno, tan cercanos, y a su vez qué poco saben ellos de nosotros. Y otra cosa de la que me he dado cuenta es de que la integración no es un tema de hablar el idioma, sino que es un tema cultural, se trata de entender la cultura del lugar, que es algo mucho más complicado. Viviendo fuera he aprendido que la integración real es más difícil de lo que pensaba: después de 4 años en Edimburgo sigo sintiéndome como un elefante en una cacharrería.

¿Quiere decir que se siente identificada con los protagonistas de su documental ‘En tierra extraña’ (2014) sobre la reciente emigración de españoles a Edimburgo?
Lo que pasa es que mi situación es muy privilegiada, muy diferente a la suya. Para empezar, sigo trabajando en España y además en Edimburgo tengo a toda mi familia política, que es escocesa, una familia especialmente acogedora y cariñosa por la que me siento muy arropada. No tiene nada que ver con venir tú solo a buscarte la vida, a empezar de cero, muchas veces sin ni siquiera hablar la lengua. Pero sí que me identifico con ellos en el plano cultural, con sentirte como un elefante en una cacharrería, como te decía, porque la gente de tu entorno maneja otros códigos, y te faltan tus amigos de toda la vida, con los que creciste, y te falta tu familia de sangre, y tu sentido del humor está en España, y tus referencias culturales están en España. En estos chicos del documental veo algo dramático que ya no es que vivan fuera de su país, es que tienen cada vez más claro que no van a poder volver. Ya no se ven volviendo porque saben que en España no van a vivir con el mismo estímulo, ni con la misma progresión. Algunos de ellos están estudiando y trabajando, y se dicen: «¿Y esto lo voy a poder hacer en España? ¿O voy a tener que volver a vivir en la casa de mis padres? ». Es muy fuerte. Yo, afortunadamente, no estoy en ese punto… pero nunca se sabe, puede ser que a la larga sí que me pase.

Todos sus personajes, desde las protagonistas de su primera película como directora ‘Hola, ¿estás sola?’ (1995), hasta los últimos de ‘El olivo’, tienen en común que emprenden un viaje, a veces físico y siempre interior. Todos ellos se distinguen por una búsqueda de su lugar en el mundo, lo que les otorga su dignidad. ¿Están los personajes de Icíar Bollaín buscando siempre ‘el sur’?
(Sonríe). Yo eso lo he entendido de mayor; cuando hice ‘El Sur’, con quince años, no me enteraba de nada. Pero vi la película muchos años después y me sobrecogió, aparte de por lo emocionante que es, porque cuenta tantas cosas, tan profundas… Por esa manera tan clara en que muestra lo que es vivir una vida que no es la vida que quieres vivir. Es que el sur es algo tan simbólico… Creo que todos estamos todo el rato intentando encontrar nuestro rinconcito y ser felices, y unas veces resulta más complicado que otras, pero esa es la tarea continua que tenemos, intentar ser felices. Y ser felices es ‘el sur’, es ese lugar en el que las cosas funcionan y están bien, y hay paz, y hay armonía, y hay cariño. ‘El sur’ es el lugar en el que eres tú y te dejan serlo.

Ángela Iglesias Bada
Fotos : Brussels Film Festival

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