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Alberto Cortez, cantante: “Tengo cosas que contar con mis canciones”

Abandonó la Universidad de Buenos Aires, viajó a Europa, en una gira musical. Se estableció en España, aunque siempre lleva la llanura de la Pampa en su alma. A sus 76 años, recupera “Camino siempre adelante”

ALBERTO CORTEZ. LEYENDO CARTA DE ESPAÑA

Rancúl, un pequeño pueblo de la Pampa argentina, que olía a carbón por el paso del ferrocarril, hasta que los hacheros ganaron las tierras para la labranza y la ganadería. Sirve de prólogo para contar la vida del ranculche más conocido: Alberto Cortez, con una biografía que está en sus canciones y en cada uno de sus poemas. Algún rastro queda para la filmografía –Los éxitos del amor–. Nació siendo mayor, con dos descendencias: “español, por mi padre que nació en Galicia; e italiana, por mis abuelos que lo hicieron en el Piamonte”.

Cuando tenía 12 años se marchó de casa para estudiar. Y siempre lo recuerda cantando “Camino siempre adelante”. Alberto Cortez, o “Chiquito García” se fue a San Rafael… y de allí a Buenos Aires. Eligió una guitarra y una voz intimista para cantar en las boites como solista de una orquesta de jazz. Abandonó la Universidad de Derecho y Ciencias Sociales: viajó en barco hasta Génova y en tren a Amberes. El grupo “Argentine international ballet and show” se disolvió tras una gira de fracasos e impagos por Alemania. Alberto Cortez regresó a Bélgica en solitario. Siguió cantando al amor, a la nostalgia que dejaba en Rancúl, al recuerdo familiar, hasta que conoció, con 20 años, a Renée Govaerts, su mujer.

A España llegaron en coche “a ver qué pasaba por acá”. Llamó a la compañía discográfica Hispavox y Enrique Martín Garea, director artístico, respondió atónito: “De verdad es usted Alberto Cortez, el de la canción de Las Palmeras? Le estábamos buscando por toda Europa y no le encontrábamos”. Así empezó todo. Siempre ha defendido la música como un estado de ánimo, y ése fue un momento de inspiración fúlgida con canciones como “Cuando un amigo se va”, “El abuelo” o “Mi primer amor”. También le cantó a la depresión con “Parábola de uno mismo”.
“No me tengo piedad conmigo mismo. Si tengo que putearme lo hago, lo escribo y después lloro. Soy cruel porque es una realidad, pero no masoquista”.

Cortez ha viajado con sus letras al interior del alma, de la mirada, de una lágrima perdida. Sin metáforas también lo ha hecho con conciertos por medio mundo. Argentina, España, Italia, México, Ecuador, Estados Unidos…

En este país aprendí a hablar inglés. Cada destino es una inspiración y una enseñanza en lo personal. He estado tres meses en Francia porque querían que grabase en francés, y lo conseguimos”.

En cualquiera de esos escenarios siempre se ha sentido más cerca de un confesionario que de una tribuna aunque los tiempos hayan cambiado. El cantante se reivindica, protesta con una canción. Él se confiesa inalterable a sus principios.

Nunca he permitido que mi escenario se utilizase como una tribuna que otros aprovechan como proselitismo ideológico. La política es una cosa y el arte otra”.

Con una mirada desconfiada que parece desarraigada, vuelve a hablar de Argentina en pasado.
Un país que fue espectacular y en el que tuve la fortuna de vivir en la adolescencia, y que ha terminado caído en las manos de una política que no era precisamente la que todos esperábamos. Estoy de acuerdo con Vargas Llosa cuando todo esto lo trata como una catástrofe y desgracia desde 1944 en adelante…el populismo. A nivel mundial antes hubo grandes dirigentes, supongo que también aparecerán, la historia es así”.

ALBERTO CORTEZ

Vale al caso unos versos de un poema dedicado a su país que recita rotundo: Hay que seguir Argentina hay que seguir / aunque sea a la rastra, hay que seguir/hay que escrutar las rendijas del redil/hasta salir Argentina, hay que seguir...

En ese periplo de vivencias nos queda España, donde reside. “Aquí pasan muchas cosas que ayudan a la creatividad y al ingenio. Este país se ha modernizado muchísimo desde que llegué en la época de Franco. Me preguntan de dónde soy y siempre digo que llevo la Pampa y su llanura en el alma. Un día conversando con Jorge Luis Borges, en México, me reconoció que los que hemos nacido en la llanura teníamos que otear el horizonte cerrando los ojos mientras que los que nacen en la ciudad tiene el horizonte en la acera de enfrente”.

Cortez se atreve con una imitación perfecta del escritor argentino, simulando su voz pausada y nasal. Su admiración también se extiende a otros. A los poetas clásicos, como Antonio Machado, a los que puso voz con sus versos. “Sepa el profano que un soneto es tremendamente difícil de musicalizar por la rigidez de sus catorce versos. Tenemos un idioma tan grande y hermoso que no puedo llegar a soportar que no se tenga en cuenta. Me parece una herejía total cuando se habla y se pronuncia mal”.

Alberto Cortez tiene 76 años. Recupera “Camino siempre adelante” con la misma letra y cadencia, la poesía en movimiento… los recuerdos humedecen los ojos del artista, hasta que se le pregunta por el nombre escogido para su gira: “El regreso”. Hace una pausa larga, meditada, respirada, se sincera.

De alguna manera me fui porque no tenía espacio en la radio y televisión, salvo cuando me llama mi amiga María Teresa Campos. Eso te amarga y te preguntas si ya no sirves para esto, pero he podido superarlo porque siento que soy una persona viva, con imaginación y cosas que contar”


Desde 1960 ha presentado 41 álbumes, desde “Welcome to the Latin Club” hasta “Identidad”. Todo música y canto.
“Algo que lamentablemente no ocurre en la actualidad. En algunos casos el grito se convierte en ruido. Que les pregunten a artistas como Serrat, Facundo Cabral, María Dolores Pradera o Mercedes Sosa, referentes culturales y humanos en mi vida”.

Siempre ha reconocido que cada vez cuesta más cantar en un teatro en Madrid. “Si es que no he parado de ofrecer recitales en la otra España, esa que comienza en Rio Bravo (México) y acaba en la tierra de fuego”.

Hace tres años que no regresa a Argentina. "Ahora no tengo tantos incentivos, se murieron mis padres, mi hermano…”.

Por momentos se apaga su voz hasta que recupera una conversación con su amigo Facundo Cabral, que solía repetir con insistencia las ganas que tenía de ir al otro lado para saber cómo es. “Yo siempre le contestaba lo mismo: Ojo que sólo volvió uno”.

Miguel Núñez Bello

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