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El fútbol uruguayo rindió homenaje a Galicia

Celta de Vigo y Deportivo de la Coruña se enfrentaron el 21 de julio en Montevideo, en un partido amistoso lleno de resonancias nostálgicas en torno a los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 y el Mundial de 1930

Hector Castro, “el divino manco” en acción

Hector Castro, “el divino manco” en acción

Lo menos importante era el resultado: 0-2 a favor de los vigueses, con tantos de Iago Aspas y Radoja. Para el verdadero aficionado, cargado de nostalgias y recuerdos, lo más relevante era el sentido homenaje de agradecimiento que el fútbol uruguayo rendía a los hombres de una región de España, Galicia, quienes colaboraron antaño en coronar tres hitos de la historia deportiva de Uruguay: las dos medallas de oro logradas por el combinado celeste de fútbol en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 y la Copa del mundo de 1930.

Los tres títulos logrados por Uruguay en esa especial época gloriosa guardan sabor gallego gracias a futbolistas como Pedro Cea, Lorenzo Fernández, Gestido Pose y Héctor Castro: cuatro futbolistas que contribuirían al salto de calidad del fútbol de un pequeño país latinoamericano que ganaría dos Juegos Olímpicos y dos Campeonatos del mundo incluido el famoso Maracanazo, cuando Uruguay le ganó a Brasil la final de la Copa del Mundo en el mítico Maracaná.

El primer gallego (a pesar de lo cual lo apodaban “el vasco”) de la selección charrúa fue Pedro Cea, quien figura en las alineaciones que presentó Uruguay en el estadio francés de Las Colombes al lado de los Andrade, Nasazzi o Petrone (el goleador del torneo, con 7 tantos).Tras Cea, se incorporarían Lorenzo Fernández, apodado “el gallego”, Gestido Pose, llamado “el caballero del deporte” y Héctor Castro cuyo alias era “el divino manco”. Y no solamente los cuatro eran gallegos sino que además dos de ellos, Lorenzo y Cea, pertenecían al mismo municipio pontevedrés de Redondela.

Alineación titular de Uruguay en el Mundial de 1930

Alineación titular de Uruguay en el Mundial de 1930. Arriba, segundo por la izquierda Gestido, segundo por la derecha Fernández. Agachados,segundo y tercero por la derecha, Cea y Castro

Después de la hazaña de erigirse campeones olímpicos en 1924, Gestido, Castro, Cea y Fernández se alinearon junto a los Mazzali, Nasazzi, Arispe, Piriz, Urdinarán, Petrone y Campolo para revalidar en Amsterdam el título olímpico logrado en París, derrotando en la final a Argentina por el resultado de 2-1.

Esta sonada victoria sería el aldabonazo que sacudiría los cimientos del edificio del fútbol mundial dos años más tarde, cuando ambas selecciones volvieron a verse las caras en la final del primer Campeonato del Mundo, en el estadio centenario de Montevideo.

Fue precisamente en ese torneo donde Castro alcanzaría la gloria universal, por ser el primer goleador de la historia de los Mundiales de fútbol. Y, además se daba la circunstancia de que Castro había tenido la mala suerte de perder un brazo a la edad de los trece años en un desgraciado accidente con una sierra mecánica. Pero aquella minusvalía, en lugar de limitarlo para el ejercicio del balompié, sirvió de acicate para forjar el carácter de un centrocampista sobrado de técnica y recursos. Su capacidad para remontar y empatar los encuentros en los equipos en los que militó, pero sobre todo en la selección de Uruguay, mereció que le atribuyeran los motes de “divino manco” y “empatador olímpico”: tuvo el gran honor de anotar el tanto que igualaba el partido final que había arrancado perdiendo la selección charrúa en la Copa del mundo.

Un momento del Celta-Deportivo en Montevideo

Un momento del Celta-Deportivo en Montevideo

Aquella primera y célebre final constituyó un antes y un después en todos los aspectos de los encuentros internacionales. El país anfitrión, Uruguay, movilizó a sus fuerzas armadas, que tomaron el coliseo con las bayonetas caladas en previsión de que hubiese disturbios; el árbitro del encuentro, Langenus, de nacionalidad belga, exigió que hubiese un barco que le sacase de inmediato del país en caso de victoria argentina, y el encuentro se disputó con un balón argentino en el primer tiempo y otro balón uruguayo el segundo. Al final, victoria uruguaya por 4-2 y naturalmente, para hacer honor a su apodo, el tanto del empate lo consiguió Castro, mientras el último gol del memorable partido fue obra de Cea.

Después, la apoteosis y la amenaza real de guerra entre Argentina y Uruguay.

Naturalmente, nuestros emigrantes gallegos, por razón de edad, no alcanzaron a jugar aquella famosa final en la que, contra todo pronóstico, Uruguay derrotó a Brasil en Maracaná en 1950, aunque si no hubiese fallecido de un infarto a los 55 años, Castro, el divino manco, podría haber estado dirigiendo desde el banquillo, como seleccionador. Pero, genio y figura hasta la sepultura, el “empatador olímpico”, o “divino manco”, aún tuvo tiempo y humor suficiente para confesar a sus más allegados que su deseo de toda la vida, truncado por aquella maldita sierra mecánica que le cercenó el brazo mientras se hallaba faenando al lado de su padre, habría sido ser guardameta.

Luis Bamba

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