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Veracruz, puerta de América

Veracruz y su puerto son trascendentales en la historia de México y también en la historia de España.

In memoriam Dolores Pla Brugat (1954-2014)

Veracruz. Paseo de la Sanidad

El Paseo de la Sanidad. Veracruz, 1910

En 1518 el capitán español Juan de Grijalva arriba al islote que llamó San Juan de Ulúa. La Villa Rica de la Vera Cruz fue fundada por el conquistador español Hernán Cortés, por Francisco de Montejo y Alonso Hernández de Portocarrero, el 22 de abril de 1519 en las playas que se encontraban frente al islote de San Juan de Ulúa, llamadas Chalchihuecan; fundando el mismo día 15 como Villa Rica de la Vera Cruz lo que se convirtió en el primer ayuntamiento de América continental y la primera ciudad fundada por europeos en toda América continental. Sus primeros alcaldes fueron Francisco de Montejo y Alonso Hernández de Portocarrero.

Pronto se convirtió en el puerto de referencia que comunicaba América del norte con Europa, por donde salían todas las riquezas americanas y a donde llegaban, soldados, sacerdotes y colonos. También fue la salida de la última etapa para las mercancías que venían de Asia por el Pacifico, que se desembarcaban en Acapulco y que cruzaban por tierra México hasta Veracruz de donde partían para España. Esto fue a partir de 1565, cuando gracias a Andrés de Urdaneta se descubrió la forma de volver desde Filipinas cruzando el Pacifico por el norte, aprovechando la corriente de Kuro Sivo.

Veracruz se convirtió en los primeros siglos de su existencia en un baluarte comercial, político y militar en el Golfo de México, se fortificó para protegerse de los piratas, ávidos de las riquezas que allí se embarcaban.

La historia de Veracruz ha sido por lo menos agitada: ha sido invadida por tropas estadounidenses en dos ocasiones, fue capital provisional de México, por este puerto llegaron Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota de Bélgica y de aquí salió el cadáver de Maximiliano tres años después.

Veleros en la rada de San Juan de Ulúa

Veleros en la rada de San Juan de Ulúa

Pero la peripecia que desde hace más de siete décadas ha unido a Veracruz y a España es que por este puerto entraron a un mundo nuevo entre la amargura y la esperanza de cerca de 30.000 españoles exiliados tras la guerra civil.

De aquel encuentro de los españoles derrotados con la esperanza y el futuro de México nos han quedado sentidos testimonios de la llegada a Veracruz que recogió la sobresaliente historiadora Dolores Pla Brugat –tempranamente fallecida en 2014- y que recogen el tremendo choque emocional y vital que supuso.

Los primeros españoles acogidos en México fueron niños. Los que luego fueron llamados “Niños de Morelia”. Llegaron a Veracruz –via La Habana-en el vapor “Mexique”en julio de 1937. Eran 454 niños y niñas a los que se quiso preservar de la guerra y que fueron radicados en la escuela Mexico-España de la ciudad de Morelia.

Acabada la guerra el primer buque fue el Sinaia que partió de Sète (Francia) el 23 de mayo de 1939 y llegó al puerto de Veracruz en México diecinueve días después, el 13 de junio de 1939. En total embarcaron 307 familias, 1.800 personas, la mayoría (953) varones mayores de 15 años que se habían refugiado en Francia tras el final de la Guerra Civil en España el 1 de abril y que habían aceptado la oferta del presidente de México, Lázaro Cárdenas, de ser acogidos. Todos los pasajeros fueron liberados de los campos de concentración franceses.

A este buque le siguieron otros como el Ipanema (7 de julio con 998 personas), el Mexique (27 de julio de 1939 con 2.200 personas), el Flandra, con (273 personas el 7 de noviembre de 1939), Nyassa (22 de mayo de 1942 con 863 personas) y Serpa Pinto II (1 de octubre de 1942, este último con sólo 36 personas). Todos estos buques desembarcaron varias veces con diferentes cantidades de exiliados en Veracruz hasta 1942. Se calcula que entre 22.000 y 30.000 españoles llegaron al país.

Recibimiento a exiliados españoles del Sinaia. Veracruz, 1939

Recibimiento a exiliados españoles del Sinaia. Veracruz, 1939

Todas estas personas, en su mayoría exiliados, eran profesionales muy cualificados. Allí llegó una parte muy importante de la intelectualidad española que en el primer tercio del siglo había situado a España en un nivel científico, artístico y literario muy elevado: catedráticos universitarios, científicos, escritores, arquitectos, ingenieros, directores de cine, actores y actrices, periodistas, médicos, juristas, historiadores, pedagogos, militares, músicos, traductores, editores, etc.

Los testimonios recogidos por Dolores Pla dan cuenta fiel de los pensamientos y sensaciones de aquellos españoles al llegar a Veracruz Contaba el señor Faraudo que cuando venía en el barco: “Yo nomás miraba para atrás y veía de la que me había escapado, porque nosotros en el campo de concentración [en Francia] sí nos dábamos cuenta de que la guerra venía [la Segunda Guerra Mundial], y lo que queríamos era huir a donde fuera, hasta Australia, si fuera preciso […] Algo que no tuviera guerra, que no oliera a pólvora, vaya. Eso es lo que nos interesaba, huir”[…]
Pero confiaban en que en México encontrarían algo que Francia les había negado: la libertad. Esta expectativa se cumplió desde el momento de pisar tierra veracruzana: Lo que más me impresionó -recuerda el señor García Igual- es que dijeran: "Bueno, pueden bajar". "¡Que podemos bajar!" El tocar tierra y ver que todo el malecón aquel estaba libre y que me podía ir a donde me diera la gana [...] me eché una carrera. Después de tanto tiempo sin vivirlo, sentir que uno puede ir a cualquier parte, es estupendo
."

Nunca en México se había recibido a ningún grupo de inmigrantes como se recibió a los refugiados españoles, ni se ha vuelto a vivir experiencia parecida. El que la fecha de llegada del vapor Sinaia, considerada generalmente como el gran momento del encuentro, fuera un martes 13, no pareció tener ningún impacto negativo, como hubiera podido creer algún supersticioso. Al contrario. El periódico El Nacional reseñó así el recibimiento que se dio al Sinaia. “El júbilo era indescriptible. Veinte mil hombres se apiñaban a lo largo del malecón, en el muelle, hasta el mar; gritando, vivando [sic], levantando los puños, en tanto que las bandas de guerra de los trabajadores inundaban el aire de marchas bélicas. [...] Veracruz presentaba un aspecto de día de fiesta. Los balcones engalanados, las calles rebosantes de gentes, las sonrisas en todos los semblantes, denotaban el regocijo con que el pueblo mexicano se aprestaba a recibir a los exiliados españoles.”

Palacio de Veracruz, hacia 1900

Palacio de Veracruz, hacia 1900

Las imágenes que se vivieron en el puerto de Veracruz quedaron indelebles en la memoria de los refugiados. Explica el señor Gaya, quien llegó en el Mexique: “Nunca se me olvidará la llegada, miles de gentes con pancartas: "Bienvenidos, hermanos republicanos". "¡Viva España! ¡Viva México!". Un recibimiento apoteótico. Fue algo motivante, de abrazos, muchachas y besos y gentes y sonrisas y lágrimas. Eso es indescriptible. Hay que haberlo vivido para poderlo entender. Eso no se puede medir con ninguna medición. Esto es algo maravilloso y único."

Claudio Esteva Fabregat, pasajero del Sinaia, recordaba a través de Dolores Pla. “Me acuerdo que bajamos las escaleras, había música de todas clases […] Bailó y yo seguíamos siendo íntimos amigos, bajamos los dos juntos y a cada uno de nosotros nos tomaron grupos de gente del pueblo y nos llevaron -a la mexicana- a beber, a beber. Yo recuerdo que a Bailó y a mí nos llevaron a una cantina, pero así, eran grupos de tres, cuatro mexicanos, eran jarochos todos, o sea, eran gente vestida humildemente con sus camisas y sus driles, y con los cuales nos sentíamos altamente solidarios. Y nosotros no sabíamos prácticamente nada de México, lo que sí sabíamos era de la hostilidad de la colonia Española, del antiguo residente respecto de nosotros. Entonces ésta, para nosotros, era nuestra gente, éste era nuestro pueblo, y fuimos con ellos [...] y yo recuerdo que a tal hora teníamos que volver para comer, pero aquella gente sólo bebía y empezamos a tomar cerveza [...] pero no era una cerveza, eran dos, tres, cuatro, cinco. Yo recuerdo que no sé cuántas cervezas debía llevar y era todo hablar de que "camarada" y "compañero", con una gran cordialidad, con una cordialidad exuberante…

Una mujer refugiada pudo decir que al arribar a Veracruz sintió "que llegaba a mi casa". Este sentir, como si se llegara a casa, tenía mucho que ver, precisamente, con el hecho de que los refugiados encontraron señales de identidad comunes. El paisaje urbano y sobre todo el idioma fueron dos de ellas que aparecieron de inmediato. "Veracruz me dio la sensación de que uno estaba en un pueblo español. Al ver las primeras calles de puerto, dije: eso parece España

Pero paralelamente al descubrimiento de señales de identidad comunes, se generaba también un desconcierto, la sorpresa frente a una realidad distinta, nueva. A los recién llegados les saltaron a la vista inmediatamente muchos elementos novedosos y que eventualmente los separaban de su nueva realidad. Esos elementos tal vez se puedan resumir en dos denominadores comunes: la presencia del mundo indígena y la pobreza, que incluso hicieron que los aspectos más cercanos se volvieran relativamente ajenos. Ello sucedió en el caso del idioma: “No les entendíamos lo que decían, no sé si por el acento jarocho o porque las palabras tenían significados distintos. Cuando bajamos vimos un gran cartel que decía: "El Sindicato de Tortilleras Saludan". En España "tortillera" es una cosa bien distinta que en México, y entonces mi primo dijo: "¡Dónde hemos caído, si éstas están sindicalizadas!".

Veracruz. Kiosko Atlantida y Malecon 1910-20

El kiosko Atlántida y el Malecón

Para tener una imagen más cabal del encuentro hispano-mexicano que se dio en Veracruz a la llegada de los refugiados republicanos, -dice Dolores Pla en sus acotaciones a los testimonios- se necesitaría conocer el punto de vista mexicano. Quién sabe si se acercara a lo que supone el señor Giral cuando dice: “Ahora, después de tantos años, cuántas veces hemos hablado mi mujer y yo de la paciencia y la generosidad de los mexicanos, cómo aguantaron la insolencia del español, que ya ni nosotros mismos la aguantamos cuando volvemos a España, nos hiere esta insolencia majadera después de los años en que hemos aprendido de la cortesía y de la suavidad mexicana. Porque caímos en Veracruz dando voces, haciendo ademanes, gritando y criticando todo. ¡Cómo ha ido creciendo nuestra capacidad de admiración por la paciencia y la tolerancia que tuvieron los mexicanos!"

Finaliza Dolores Pla su espléndido trabajo “Los españoles, testimonio de un encuentro” escribiendo: “En el encuentro de los refugiados españoles con México, que tuvo lugar en el puerto de Veracruz, es posible observar algunos de los elementos que han marcado la relación de éstos y otros emigrantes españoles con una tierra que alguna vez formó parte del vasto imperio hispano: cercanías y distancias, pero siempre fascinación”.

Carlos Piera

 

Dolores Pla, la historiadora del exilio en México

Dolores Pla Brugat

Dolores Pla Brugat (Vilasacra, Girona 1954- Barcelona 2014) radicó en México de adolescente, se educó en el Colegio Madrid, fundado por exiliados españoles. Se doctoró en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y fue miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Se especializó en el estudio del exilio republicano español y desarrolló como líneas de investigación los temas: Historia de las migraciones, mestizaje y desindianización.

En 1980, Pla Brugat se integró como investigadora a la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), donde formó un seminario dedicado al estudio de los extranjeros en México. A este espacio académico llevó su experiencia en el Archivo de la Palabra, un programa de historia oral pionero en México, impulsado por Alicia Olivera, entre otros.
Tras la aparición de su libro “Los Niños de Morelia. Un estudio sobre los primeros refugiados españoles en México” (1985), coordinó la transcripción y edición de decenas de entrevistas a exiliados españoles.

Compiló varias historias de vida en títulos como Ya aquí terminó todo. Testimonios de la Guerra Civil Española (2000) y El aroma del recuerdo. Narraciones de españoles republicanos refugiados en México (2003). Coordinó a varios colegas para integrar el volumen Pan, trabajo y hogar. El exilio republicano español en América Latina (2007), prologado por Nicolás Sánchez Albornoz. En su último trabajo dirigió al equipo de investigadores que trabajaron en la exposición El exilio español en la ciudad de México. El legado cultural (Madrid, 2010; Ciudad de México, 2014).

Su obra le avala como la mayor especialista en el exilio español en México, de la mano de su maestra y mentora Clara Eugenia Lida y como innovadora en la investigación histórica al acudir a los testimonios directos de los exiliados

C.P.

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