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Guinea en Patués: de la nieve de Benasque al cacao de Fernando Poo

El patués del alto Aragón se mezcló con el pichinglis de Fernando Poo en las plantaciones de cacao desde el principio hasta mediados del Siglo XX, desde cuando Guinea era española hasta su independencia en 1968

misioneros

Colonos españoles con misioneros y niños guineanos

Dice la leyenda, o algo parecido, que cierto día, harto de arar una tierra rebelde, Mariano vecino del pueblo de Chía, agarró 50 pesetas de las de entonces y sin más se presentó en Santa Isabel (hoy Malabo) de Fernando Poo (hoy isla de Bioko) en la entonces Guinea española dispuesto a hacer fortuna. No le fue ni bien ni mal, sino todo lo contrario.
De lo que no cabe duda es que Mariano Mallo fue el primer vecino del valle de Benasque en pisar tierras africanas bajo posesión española. Tras Mariano, llegarían hasta 1968, más de 120 españoles más del Alto Aragón ( de Barbaruens, Sarllé, Bisaurri, Saúnc, Gabás pero sobre todo de Chía) en pos del oro que ofrecía el cacao, aunque sin dejar de mirar de lado el café y la madera que con gran prodigalidad daba el suelo ecuatorial.

Después de encomendarse a Santa Quiteria y tras veinte días, más o menos, de navegación en el Dómine o en el Río Francolí, los hombres del siempre nevado valle de Benasque pasaban del frío y la nieve a soportar temperaturas de hasta 29 grados, bajo las palmeras y del abrigo y la estufa al salacot, sin solución de continuidad, porque era adaptarse o morir en el intento de prosperar y hacerse con un capital en el menor tiempo posible. Y no solo veían cambiar el clima sino la fauna que de vacas y burros pasaba a pangolines, monos, ardillas, boas y cerastes.

Labores agrícolas en el Valle de Benasque

Labores agrícolas en el Valle de Benasque

Y de expresarse en patués a tener que entenderse con “bubis”, criollos, “ambos” y “fangs” en el lenguaje franco llevado por los braceros nigerianos a la isla de Fernando Poo: el “pichinglis”.
Mariano, del que todos cuentan que era hombre curtido y trabajador a carta cabal, puso los cimientos de lo que sería la mítica finca Sampaka. Se casó, pero murió (de algún mal tropical, dicen) pero se fue de este mundo sin descendencia aunque tuvo la suerte de contar con un sobrino igual de trabajador y abnegado que él, don Joaquín Mallo, que al amparo del paraguas de su tío medró y prosperó convirtiendo la finca Sampaka en modelo de producción.

Tanto prosperó Joaquín Mallo que además de los cargos que ostentó en Santa Isabel (llegó a presidir el Consejo de vecinos, la Cámara de Comercio y la Delegación de la Cámara Agrícola) demostró que también podía participar en la política nacional, tanto que en 1931 salió elegido diputado en las Cortes de Madrid por Huesca, tras haberse presentado por el Partido Radical de Alejandro Lerroux.

Pero Joaquín Mallo no se limitó solo a actividades políticas. Con los beneficios conseguidos comerciando con el cacao de Guinea pudo emprender carreteras, puentes, escuelas que mejoraron las comunicaciones y la vida en el valle de Benasque. Se dice que el presupuesto para construir la carretera de Chía (200.000 pesetas) salió de los bolsillos de Joaquín Mallo, dineros de los beneficios obtenidos en Guinea.

Catedral

Catedral en Santa Isabel, hoy Malabo

Algunos de aquellos señalados por la prosperidad en el valle de Benasque después tejieron en la colonia española alianzas que perduraron y marcaron el devenir de Santa Isabel. Hablamos de la entente que formaron los Mallo y los Mora que dejó su impronta en la economía y en la arquitectura de la capital (casa Mallo)

Pero ¿por qué Guinea? Los testimonios de aquellos que emprendieron la aventura de plantar palmeras en la nieve y que recogieron Brunet, Cosculluela y Mur en un libro titulado “Guinea en Patués•” no dejan lugar a dudas: “De casa, ya había ido papá a trabajar a Guinea. A mis hermanos les gustaba estudiar y necesitaban dinero. Primero pensé ir a Argentina, que también era tierra de oportunidades, y al final, ¡fui a parar a Guinea!”.

En Guinea, la veteranía también suponía un grado: “A los encargados, cuando llevaban muchos años de servicio, les regalaban tierras de cultivo, y la misma empresa las deforestaba y plantaba” dice uno de aquellos trabajadoras de Chía. Otro decía “al principio no cobrabas demasiado y con el tiempo los jornales iban subiendo. Se trabajaba con su sistema de primas o propinas, que era lo que valía la pena: teníamos un jornal base más las primas que a veces se cobraba con un año de retraso y se iban doblando de acuerdo con los años que llevabas allí; las primas eran un gancho”.

Recolección del cacao en Guinea Ecuatorial

Recolección del cacao

Algunos, al rebasar los treinta, pensaban que era ya hora de volver a casa porque tenían un plan muy sencillo: “quería tener una mujer, unos hijos, una casa y un plan de vida, pero para eso necesitaba dinero”.

Pero hubo a quien se le pasó el arroz: “A algunos los engancharon y se hicieron viejos allí, era un sistema muy goloso. También te premiaban al ser un buen trabajador cuando marchábamos de vacaciones, si a la empresa le interesaba que volvieses, y lo hacías, te subían el jornal considerablemente. Allí, la verdad es que gastabas poco, porque te pasabas la vida en la finca y solo ibas a Santa Isabel los domingos y allí gastabas lo que te costaba el cine y pagar una ronda de bebida entre amigos”.

A pesar de todo, la vida de aquellos hombres del valle de Benasque no fue una mala experiencia. Su propio testimonio lo refrenda: “Estaba todo más avanzado que en la Península. Los camiones y los coches eran importados y muy buenos. Nos permitíamos lujos que en Benasque nunca habríamos podido soñar: bebíamos cerveza Coronita, Carlsberg o Krönenburg; y lo mismo que con la cerveza, con el whisky y otras muchas cosas”.

P.Z
Fotos:”Guinea en patués”. Diputación de Huesca

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